De Sant Jordi con París.



 25 de Junio de 2009.
No entiendo nada, llevo 24 horas sin dormir. Papá, en serio, dime que nada de esto es cierto. Si Dios existe, esto no es cierto. Tú me dijiste que existía y que era bueno. En serio papá, deja de jugar conmigo. ¿Dónde está Dios? ¿A dónde diablos te fuiste?

3 de Mayo de 2014
Me vuelve a pasar, como aquellas noches de infierno en las que dormir o comer era un martirio. Me siento como una puta mierda. Mi abuela me cuida hasta el infinito, no quiero que lo haga más, no quiero más nada de nadie, solo que me dejen en paz. No ha sido uno ni dos ni tres los idiotas que me han atacado hoy en el colegio… ¿Hasta cuando tenía que esconderme? ¿Qué culpa tengo yo de llevar este apellido? Mi abuela dice que soy una niña madura para mi edad, que debo ser fuerte y que he vivido muchas cosas que me hacen como un roble, yo no le creo. Ya no le creo a nadie, ni a mi abuela ni a mis tíos. Ya no creo en mi.

14 de Mayo de 2014
Ayer probé la marihuana. Es diferente a estar borracha. Es más tranquilo, te sientes relajada, atontada. Me gustó. Me acosté con dos chicos anoche. No voy a dejar sus nombres aquí. El primero fue más placentero que el segundo. En realidad no sé por qué me acosté con el segundo, no lo recuerdo bien pero sé que no me gustaba del todo. El problema no fue la marihuana, esa combinación de vodka con tequila no fue buena idea. No puedo escribir más, mi cabeza va a explotar, yo quisiera explotar con ella.

1 de Junio de 2014
“La vida es una mierda”, así… sin ninguna palabra de más, quiero que aparezca en los titulares: “La vida es una mierda” – dejó escrito en el brazo la hija de Michael Jackson, antes de suicidarse.

23 de Abril de 2016
Como tu hija, no me conocerán por siempre, papá. Es una cruz muy fuerte para cargar y lo sabías cuando me tapabas la cara de pequeña. Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti. De todo lo que me cuidaste y lo que nos protegiste a mí y a mis hermanos. Ahora, con 18 años, lo entiendo bien, papá… entiendo por qué eras como eras. Todo tu talento, toda tu capacidad de trabajo, toda tu genialidad incomprendida. Este mundo no entiende nada papá, no las cosas simples, mucho menos las grandes, como tú. Te inventaste un amor impecable, totalizador, absoluto, como tu música, tu baile, tus videos, tus conciertos, tu arte. Eras madre, padre, productor, compositor, bailarín, cantante, amabas como creabas, creabas amor, generabas amor. Te dejo estas palabras en mi diario porque no encuentro otra manera de comunicarme contigo. Ya no. Todos los canales entre tú y yo han sido cerrados por abogados. La gente de la familia a veces no me parece tan de la familia, a veces creo que hasta Dios está compinchado.
En fin, debo decirte algo importante: estoy enamorada, he conocido un chico guapo, inteligente y talentoso. Me cuida y me trata bien. No consume drogas y no es ningún tonto. Lo mejor: no tiene Instagram, solo un blog con cuentos de ficción.
Sé que te chocará mi decisión, pero me pondré su apellido judío y así nadie sospechará. Hicimos un viaje por el Mediterráneo y he decidido quedarme en Barcelona, una ciudad que lo tiene todo pero donde a casi nadie le importa quién soy. Pintarme el pelo ha sido suficiente para pasar desapercibida.
Hoy por ejemplo, hay mucha gente en la calle y nadie me mira. Han salido todos a regalarse libros y rosas en una tradición que parece muy antigua, algo que tiene que ver con un dragón, una princesa, una espada y un castillo... no sé, cosas de la vieja Europa.
Tu magia sigue viva, papá. Me acabo de encontrar en medio de una angosta calle del centro de la ciudad, un libro escrito por otro fan tuyo, que parece reconocido. Está escrito en Catalán, una lengua rara que hablan aquí y que entiendo aún menos que el español, así que aunque me lo compré, no podré leerlo, da igual...
Es de las portadas más feas que he visto de un libro sobre ti, papá, y muérete… mejor dicho, ¡vívete! ¡el autor... es un mago! 
La señora que me lo vendió me dijo que era buen libro, pero segurísimo que no lo ha leído.
Imagino tu cara, papá, como siempre sonriendo con estas cosas... búrlandote de todos, incluso de ti. Sigue bailando en el cielo, papá, que aquí, la gente aún no ha aprendido a hacerlo.

Baila el Muerto

Desde ayer, cuando me enteré de tu partida, he tenido ganas de escribirte algo, como si aún estuvieras por aquí, Molestoso, fisgoneando entre tus redes de Facebook para cagarte en cualquier comentario de cualquiera, para burlarte de alguna frase escrita a la ligera. Por aquí andabas siempre: para mandarnos al carajo cuando decíamos bobadas o para bailarle a la muerte, compartiendo canciones desde una fría sala del Hospital del Mar.
Has desaparecido de mi Facebook, como si quisieras seguir mamando gallo, uno buscando tu recuerdo, tu foto de perfil, tu última frase genial, tu humor negro para parafrasearte. Te imagino cagado de la risa, diciéndonos que mandamos huevo, que por aquí no te ibas a quedar pa que te jodamos la vida después de pitos.
Que me perdonen tus amigos y tus amantes, nunca fuimos tan llaves como para hablar de tí en público, pero recuerdo algunos detalles:
La primera vez que en Antilla, me invitaste a una Heineken sin conocerme y me di cuenta que no eras ni Barcelonés ni cachaco, a pesar de haber pasado media vida aquí y media allá, tal vez Caribe, que no es una nacionalidad pasaportable.
Recuerdo que luego fui a bailar con mi novia de entonces y me susurraste al oído: -"te volvieron mierda: mulato, recójete"-, haciéndome verla más bella de lo que era. También recuerdo que la llamaste, cuando se hizo Reina del Carnaval de Barranquilla en Barcelona, e intentaste corcharla el público, en la radio, con preguntas sobre la monarquía... te jodiste Molestoso, esa vez te ganó ella.
Con tu chivera y tu cigarro, con tu bailao sabroso, con tu risa y tu seriedad, tu cara de gangster y tu tumbao, uno sabía que te encontraría por ahí en cualquier bar salsero de la noche condal. Al final de la barra, medio escondido aunque fueras el Dj.
Recuerdo cuando publiqué en Mundo Hispano una crónica sobre La Sucursal, la orquesta que te empeñaste en promocionar hasta la saciedad. Yo la comparé en un par de líneas con La Fania y me llamaste a insultar. Me odiaste por un momento y te tomaste el trabajo de decirmelo a la cara, por eso algunos nunca te quisieron, por eso yo sí, Mulato, porque hablamos menos veces de las que hubiese querido, siempre medio borrachos, más de melancolía que de alcohol.
La última vez que me llamaste por teléfono, -lo hacías cada par de años- me pasaste un contacto de Madrid que buscaba alguien para un programa en Televisión Española. -"Si te sale no me llames a dar las gracias, pero si te sale y es un mierda, tampoco me llames a joder"- me sentenciaste.
Me cuentan que mañana te velan, no creo que pueda ir pero nos vemos este mismo finde, en la pista de siempre, porque no inventes Mulato, ahora después de viejo... no vengas con cuentos, que rumbero bueno no muere, sonero bueno no muere... ¡Baila el Muerto!

Sinfonía


Habían pasado ya más de 30 años, había visto crecer a Sofía sana y hermosa. Había aprendido a hablar español con las inventadas palabras propias de los locales. Se había enamorado de una mujer de esas, imposibles siquiera de imaginar en toda la región de Podlaquia. Se había acostumbrado al sol, a andar en chancletas los domingos y descalzo en casa. Había incluso, cambiado la copa de vodka diaria por el café más amargo de la región, cada vez que se cansaba de esperar una nueva caja de vodka polaco. Solo había una cosa no soportaba, cuando le preguntaban por el pasado, por su historia, entonces respondía que lo peor de la guerra vino justo ahora, tantos años después, al soportar meses bebiendo aguardiente y teniendo que escuchar esa extraña manera que tienen en el Caribe, de joder las notas de un acordeón.


Habían pasado ya 30 horas y Alexis no había regresado. Dijo que lo haría a la mañana siguiente, que no tardaría más de 12. Era verdad que había caído un aguacero intempestivo, pero estas cosas ya habían pasado muchas veces antes. También era cierto, -y tal vez esto era lo que más preocupaba a Sophia- que esa lancha estaba cada vez más vieja para salir a altamar. Las tablas, acostumbradas al sol más ardiente y al agua más salada del universo, en cualquier momento podían ceder.

Habían tenido que pasar 30 años para que Nicolai pensara en descansar por primera vez en su vida. 1970 parecía un buen año para tomar la decisión, no solo porque Sophia llevaba 4 años al mando de todo y tratando de convencerle de eso desde que empezó a perder la vista, sino también porque ya tenía más tierra de las que él mismo podía reccorer a caballo y esa había sido su promesa. Además, la finca de los cultivos de algodón proveeía a la fábrica textilera más grande de Colombia y un político de la capital había intermediado en un acuerdo que le garantizaba 25 años de ventas fijas.

Tuvieron que pasar 48 horas para que la hermana de Alexis no aguantara más. Llegó a la casona de los patronos con ojos hinchados, las manos temblorosas y la negra cabellera ensortijada revuelta por el ventarrón helado de la media noche. No se atrevía a tocar la puerta pero tampoco hizo falta. Detrás del cerrojo, la señorita Sophia la esperaba con la misma cara de desolación. Cuando ambas se encontraron de frente, no tuvieron mucho más que decir, entonces el viento cerró la puerta con violencia y se abrazaron con rabia, como intentando arrancarle al mar, la vida del hombre más importnate de sus vidas, aquel pobre pescador.

-¿Quién está ahí afuera?- Preguntó Nicolai pero no escuchó respuesta alguna.
-¡¿Quién está ahí afueraaa?!- Insistió despues de empinarse la botella de aguardiente barato, mientras los dorados cabellos de Sopfhia se enredaban con los de su criada.

Muchos años después, nadie entiende por qué lo hizo, pero lo cierto fue que aquel viejo semi-ciego, trabajador obsesivo e introvertido como ninguno, sin pensarlo demasiado, disparó.

El cuerpo de Alexis fue encontrado en el viejo muelle al que 30 años atrás llegó Nicolai junto con casi 3.000 judíos más. Sophía y Alexis fueron sepultados el mismo día, a la misma hora. En el entierro de la rubia sonaba la Sinfonía número 13 de Serguéi Prokofiév y a 200 metros de ahí, en el de Alexis, esa bella manera que tienen en el Caribe, de sacarle notas a un acordeón.

Mi verso es un ciervo herido.



 Guatanamera, esa era la marca de la caja de cigarros que Juana me trajo de su viaje anterior a la Habana.

-“¡Qué regalo más extraño!”- Pensé mientras desenvolvía el papel de la caja perfectamente envuelta.
-“¿Tú regalándome cigarrillos?”- Usmié la respuesta en la profundidad de sus ojos azules, pero solo me encontré con una absurda pregunta de vuelta.
-“Sabes cómo llamó Colón a la quinta isla que pisó en el Caribe?”-
-“Ni puta idea”-
-“Juana, como yo.”- me dijo con la voz muy bajita.

Se calcula que los primeros cultivos debieron tener lugar entre cinco mil y tres mil años antes de Cristo, así que cuando Cristobal llegó a aquellas islas, ya los cultivos de tabaco estaban extendidos por toda la América.

Me fumé entonces, un cigarro cada domingo, siempre a las siete de la mañana, y nunca fue un sacrificio. Me preparaba un café bien cargado, encendía el ordenador, y luego de leer en la prensa cómo se desmoronaba el mundo, me obligaba a escribir entre siete y diez páginas de literatura, quizás con la esperanza de que con esto, al menos mi mundo se mantuviera en pie.
Cada bocanada de humo la experimentaba como si fuera la última, la disfrutaba releyendo lo escrito o imaginando aquellas tierras verdes cerca de playas vírgenes, donde los indios Taínos no solo cultivaban para fumar sino también para soplarlo sobre el rostro de guerreros antes de la lucha, esparcirlo en campos antes de sembrar, ofrecerlo a los dioses, o derramarlo sobre las mujeres antes de una relación sexual.

Juana volvió a Cuba el domingo de mi cigarrillo número diesciocho, lo del Congreso de meses atrás ya no podía ser, así que me explicó que su viaje era gracias a una invitación de la Escuela Latinoamericana de Medicina, interesada en que  publicara con ellos, un artículo comparativo entre la educación en medicina en Catalunña y en la isla.

Dos semanas después, cuando volvió a nuestra casa en Barcelona, sus ojos azules tenían un brillo distinto. Guardé el cigarrillo número 20 de un modo instintivo, como si no fuera el momento… como si hubiese algo que esperar.

Anoche no me aguanté, después de tres días sin que me contestara el teléfono, llegué a su casa como poseído, la besé en la boca y la tiré en la cama. Ella no puso ningún tipo de  resistencia, tampoco había deseo en su expresión.

Entré en su cuerpo con miedo, rabia y afán.
-“Me encanta hacer el amor contigo”- le dije.
-“Follar, querrás decir”- me sentenció.
-“¡Voy a acabar yaaaa!”- le grité entre gemidos, a lo que Juana a pesar de morderse los labios y empujar la pared como si fuera a tumbarla, me respondió:
-“Ya era hora porque esto hace tiempo, que se acabó.”-

Barcelona, domingo, doce de la noche, cigarrillo veinte, creo que va siendo hora de ponerse a escrbir en serio.

Olores capitales



Bogota huele a mierda. Entenderemos por mierda un inclasificable cúmulo de olores mezclados: huele al óxido del hierro retorcido de los puentes peatonales que nadie quiere usar, al humo de los buses destartalados que tendrían que desaparecer, al asfalto permanentemente húmedo por una lluvia que no cesa de caer. Huele, como si fuera poco, a orines de perros, a pintura de aerosol, a chorizo, arepa, mazorca, a obleas con Arequipe y a muertos. Si, todo revuelto y al mismo tiempo.

Llegamos al aeropuerto El Dorado en el vuelo AV547 luego de once horas. Entonces, sin siquiera haber salido del avión, Pau me dijo con esa insoportable soberbia de los intelectuales del norte y un aparatoso y arrítmico movimiento de cadera y manos: -"Ahora sí vamos a ver, a qué huele Bogotá?"-

La sabana de Bogotá es otra cosa, a pesar de la burbuja inmobiliaria que amenaza con devorarla, aún huele a humedales y a rosas, a pino del más verde, a roble, a cilantro, a fresas con crema, a alcaparra, albahaca, tomillo y eucalipto, sobre todo a eucalipto.

Una vez en casa de mi padre, invitamos a Pau a comer a "El mejor ajiaco del mundo". Así se llamaba el restaurante que estaba rodeado por otros muchos de comida típica, imposibles de diferenciar. Estuvimos ahí bebiendo cervezas hasta que cayó la noche y nos fuimos a buscar música en el mejor sitio de la ciudad.

Quiebracanto el mítico bar salsero estaba a reventar pero el reventado era yo, mientras mi amigo catalán, a pesar de su incapacidad para coordinar cuatro compases musicales, había captado la mirada de una diosa de ébano, una negra de pelo alborotado y caderas endemoniadas. De repente los ojos de ambos se engancharon como imanes. Cabizbajo, meditabundo y cansado ya de Bogotá sin llevar 24 horas en ella, decidí tomar un taxi con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho.

A media noche, con cuatros copas de whisky y el ahogo por los 2600 metros sobre el nivel del mar, entré a la habitación de mi padre y me acosté a su lado como no había hecho desde hacía al menos 20 años. Entonces, una extraña sensación se apoderó de todos mis sentidos. Era como una fiebre a la inversa, no un escalofrío, era un frío que entraba por mi nariz y por mis poros. Sentía que en cualquier momento empezaría a levitar, cada vez más aire, cada vez más fuerte y gélido, no terminaba de saber si la sensación era agradable o no, empecé a preocuparme seriamente, podría ser que alguien hubiese puesto algo en mi copa. Al verme con un extranjero, todo era posible, "¡Maldita Bogotá!"

Imaginé a Pau secuestrado, asesinado, incluso violado. Tenía taquicardia, no podía cerrar los ojos, tampoco había a dónde llamarlo. -“Es un tipo adulto, viajado, sabrá defenderse”- me decía sin estar convencido, mirando el techo de la habitación, el cual parecía contraerse y expandirse al ritmo de los ronquidos de mi papá en la misma cama doble. Era una de las sensaciones más raras que había experimentado, no parecía una droga convencional, era como sentir Vick Vaporu en la nariz y cinco pastillas de Halls en la boca, todo al mismo tiempo, pero sin ninguna explicación.

A las siete de la mañana cerré los ojos rogándole al demonio que Pau apareciera con vida. A las doce del medio día, cuando salí de la habitación, ya había aparecido, estaba comiendo y charlando con mi padre, quien le contaba sobre su relajante favorito: una esencia de eucalipto que pone cada noche para dormir, que “le abre los pulmones”- decía mi viejo, y le recuerda la Bogotá de antaño.

-“Ahora si sabes a qué huele Bogotá, cabrón?”- le pregunté sin mirar a nadie.
-“Sí claro, a negra en primavera”- me respondió el desgraciado.

La victoria de Victoria

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Soñaba con tener pechos y cantar en un grupo country, en el fondo, era casi lo único que quería.

Su madre sin embargo, desde la primera ecografía tenía otros planes para ella. A los 4 años la inscribió en clase de danza clásica y de violonchelo. A los 5, entró a un colegio trilingüe con énfasis en natación. A los 8, había sido campeona de su categoría en el club de ajedréz del pueblo.

“Tu misión en este mundo, es transformarlo radicalmente”, -le explicaba su progenitora con una naturalidad tan asombrosa, que se convertía automáticamente en obligación y amenaza.

A los 15, cuando ya estaba en edad de discernimiento complejo, la bautizó un pastor evangélico diciendo: “Morirás al mundo y sus deseos… y seguirás las enseñanzas de Cristo; comprometiéndote a vivir y confiar en sus promesas de salvación según lo menciona Mateo 28: 19-20”

A los 17 años Victoria fue matriculada en talleres de poesía y teatro. A los 18, la madre le sugirió, con su mirada inquisidora, que se casara con Jhon, 15 años mayor que ella, pero inteligente, adinerado y con pasaporte de los finos.

A los 25 años, con dos hijos, Victoria estaba terminando un doctorado y había montado una empresa que crecía como la espuma. De hecho, vendía toda clase espumas: espumas para el pelo, para lavar los platos, para los dientes y para un par de discotecas de Ibiza.

A los 32 años, junto con Jhon -un genio evadiendo impuestos- creo una ONG para llevar espuma a pueblos perdidos de la selva de Xian Mai, al norte de Tailandia y del Amazonas, en la triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil. Con ella se suponía que la gente de esas comunidades podría lavar sus prendas de vestir y utencilios de cocina, logrando una pequeña gran revolución. La espuma la llevaban comprimida en redondas masas resbalosas que, como los aborígenes igual no conocían, no dudaron en llamarles: jabón.

A los 34 años Victoria entró en una deliciosa crisis que parecía no tener demasiada importancia. El 24 de Febrero de ese año cualquiera, conoció a Vanessa, una preciosa morena de belleza indígena y curiosos ojos verdes. El pelo negro de esta chica le encendió la pelvis como el carbón, le enseñó la posibilidad de 8 orgasmos en una noche. Quisieron amanecer juntas el 25, pero a Victoria la muerte le llegó sencillamente, como llega la noche cuando se marcha el día.

Lelo de luto


En cada carcajada,
en cada empanada,
en el movimiento pélvico,
y la cara enmaicenada.

En el sudor del medio día,
en el centurión de la noche,
en la brisa que refresca,
en la vida y su derroche.

En los faroles de lucero,
y en las obras de teatro,
en los empujones sin sentido,
y en cada trago barato.

En los ojos enmascarados,
y en los besos de cartón...
nos volveremos a encontrar,
Padre mío,
en la Cumbia madre,
y en la madre que nos parió.

‪#‎lelozopenco‬ ‪#‎yquebobo‬ ‪#‎buscandoalela‬

Treinta y dos

Aprendes a decir no cuando no quieres decir si.
Entiendes que el amor es compromiso y libertad.
Reconoces la vida como un vacilon para guapear en gerundio.
Y disfrutas bailar, dormir y leer contigo.
Sabes que estudiar más solo sirve para entender que sabes poco.
Y así, cuando quieres cantar, cantas, cuando quieres correr, corres, cuando quieres pelear, te retiras.
Contemplas de repente la belleza de los atardeceres como la de las mujeres, permitiéndoles que te calienten la piel, sin que te quemen.
Y caminas por nuevos senderos que otros caminaron ya, porque ya no hay tanto miedo y sabes para qué no sirve el dinero.
Entonces empiezan a pasar vainas raras: pierdes la vergüenza y te ganas la confianza.
Descubres que no es tan difícil aquello de la coherencia.
Mierda!
Las peas te dan más duro, la nostalgia te dura menos... La patria no tiene muros, se encuentra en el mundo entero.
Abrazas a los amigos con más ganas, con el ego te levantas a trompadas, los piropos, los agradeces con distancia...
No te queda otra que perdonarte las huevonadas.
A los 32, miras en los otros tu espejo y aunque aún no te guste lo que escribes, sabes que esto de vivir, empezó a ponerse bueno.

El domingo más triste del año

Alguna vez el fútbol fue realmente importante para mi. Durante años, mantuve la teoría de que la noche más feliz de mi vida, había transcurrido en la Calle 84 de Barranquilla, cuando mi papá me regaló 10.000 pesos para que yo los aprovechara tirando agua desde una camioneta ahí parqueada. Horas antes, Mackenzie rechazaba en contragolpe para Valenciano, el gordo miraba al centro del terreno y la cambiaba rápido para Pachequito. Pachequito picaba por la mitad de la cancha: la pisaba, la paraba, mira por dónde pero no dejaba de correr, se la ponía al Pibe... el Pibe la acariciaba y hacía como que iba a patear... ¡pero si nunca pateaba! cuatro jugadores del América se comían el amague... la pelota quedaba servida para Mackensie que venía de atrás como poseído, se sacaba a Oscarito Córdoba y empujaba el balón al fondo de la red! Minuto 92, año 93.


El estadio entero, con periodistas y recojebolas, bajaba a la cancha a celebrar, mientras el caribe colombiano completico cantaba, con mi papá y conmigo, el himno de Barranquilla a capella, bajo la batuta del negro Perea.


24 años después, lo que llaman fútbol moderno tiene un tufo a negocio particular que no me deja disfrutarlo de la misma manera. De todos modos, aprovechando que estoy en la ciudad, fui a uno de los epicentros de la rumba barranquillera al momento del partido, donde por supuesto, ya todos llevaban horas de fiesta como si aún tuvieran 15 años. Llegué reconociendo que el resultado no era tan importante ya, pues el próximo año, como si nada, volvería a empezar la jugada, el circo, el business, los 130 decibelios de música trojera. “De pronto, hasta he madurado...”- Pensé.

En cualquier caso, el partido no había terminado de empezar, mi cerveza no había llegado a la mesa y ya Nacional habían metido un gol empatando la serie. Solo se escuchaba la cachaca voz del narrador.. como si hubiese habido un muerto, o mejor... como si no hubiesen vivos.

La resilencia es la capacidad para aguantar cipotazos y nada tiene que ver con la genética. Esa voluntad Caribe debe responder más bien, a que hemos sido decapitad@s, violad@s, secuestrad@s y estafad@s desde que empezaron a cambiarnos el oro por espejitos. 

Aquí hemos seguido, con la esperanza de que nos dejen el Galeón San José así se pudra enterrado... 

Ahí estábamos los del Junior, bailándonos la desgracia. Así llegamos al medio tiempo, a punta de champeta y salsa, de wiskey y espuma, como nos enseñaron los mayores. Con la chapa pelada, como cuando jugábamos bola e’ trapo en la mitad de la calle con 13 años...

En tiempo real, sufriendo por unos manes que ahora son menores que nosotros, comiéndonos las uñas como si se acabara el mundo... pero al mismo tiempo gozando arrebataos, como si no fuera verdad que íbamos a penales, como si el presente fuese lo único que existiera.

La estrella que no te ganaste hoy no te la ganarás mañana. Junior perdió y punto. El macho que abrazaba a su hembra ahora tenía la cabeza entre sus piernas, lloraba como el pelao de 13 años que nunca dejó de ser. Su hembra -quien nunca le ha pertenecido- ahora lo consuela como al hijo que comparten... y todo vuelve a renacer.

Llogry, mi amigo, me dijo muy seriamente que no amar al Junior era como no amar a la mamá, recordándome a Galeano que decía que uno solo puede ser del lugar del equipo de sus amores... mientras tanto, por mi mente pasaban los fríos partidos que he vivido en Barcelona donde ante una derrota así, la gente hace rato habría pagado la cuenta y se habría ido a dormir.

Aquí a la fiesta le quedaban varias horas más. La gente se secó las lágrimas y volvió a sacar sonrisas, se subió a las sillas pa’ seguir vacilando, como si el próximo miércoles, hubiese otra revancha.

Entonces, apareció un mago entre el público y la revancha se adelantó como por arte de fiesta, con solo cambiar el canal de las televisiones, se pasó a otro show, a otro circo, a otro bussiness. Miss Colombia se enfrentaba a la de Filipinas y la de USA después de haber sido seleccionada sobre otras 80 candidatas, en un trasnochado y ridículo espectáculo organizado por el racista Donald Trump y que cada año paraliza a Colombia y un puñado de países más, para premiar un tipo de belleza femenina específica. Un modelito que determina la salud de miles de adolescentes y que no permite la diversidad ni en las filas porristas del propio Junior.















Ahí estábamos nuevamente, gozándonos nuestras contradicciones, omitiendo las explicaciones de nuestras miserias. Sufriendo por reinas de mentiritas, en el país de los doctores de mentirita y de las tristezas de verdad.

“Este ha sido el domingo más triste del año.” - Dijo una señora que caminaba medio borracha.

“La fortuna de vivir aquí...” - Pensé sin decir más nada.

“Primero nos roban la estrella y después la corona.” - remató la vieja.

“No te pueden robar, lo que nunca ha sido tuyo.” pensé... y me fui bailando.

El nuevo puente de Cádiz

Necesito una pausa. Escribir muchas veces es detenerse, aunque sea detenerse de estar escribiendo y yo llevo horas, días, semanas y años escribiendo un mismo documento. Necesito otra pausa o empezaré a envejecer más rápido.

A mi lado, en la biblioteca del parque El Retiro, en Madrid, se ha sentado un señor de unos 80 años. Es el tercer día consecutivo que lo veo aquí. Se parece al de UP, la película de animación. El mismo rostro, las mismas gafas.

Hoy está más cabreado que ayer: el Mozilla, el Explorer y el Chrome, abren con un anuncio que él se niega a aceptar, y por tanto, se le cierra la ventana. 

La vuelve a abrir y le pasa exactamente lo mismo, se cabrea cada vez más. 

No se si ayudarle o no, creo que se debería dar cuenta, por sí solo, que solo se trata de leer y luego aceptar, sin importar mucho lo que proponga el anuncio institucional. Pero es terco, sale el anuncio, presiona cancelar impulsivamente y la ventana se cierra otra vez.

Pienso en mandarle un mensaje a mi madre por su cumpleaños, el ser humano que más amo, me ha enseñado a definir lo que soy y lo que no, en qué y a quienes, no me quiero parecer. 

Mi mamá también está envejeciendo, pero tapoco presiona aceptar en la pantalla. Ni se lo mencionen que no le hace gracia, aunque lo sabe, a partir de los 20 años, aunque pongamos cancelar impulsivamente, todos empezamos a envejecer... y cada vez más rápido.

El viejo sigue sin pedirme nada, pero yo me estoy angustiando también con su cabreo, no aguanto, le digo que solo debe hacer clic en aceptar. El me explica, refunfuñando, enojadísimo, que siempre le pasan mil tonterías en esta biblioteca, y que no le aparece Google.

Pienso en los viejos de mi ciudad natal, la mayoría sin pensión ni biblioteca, abandonados por el estado, pero aferrados a sus sonrisas intactas y con una alegría, a prueba de máquinas.

Decido ayudarle a este que es el que tengo al lado. Me regaña, maldice, se emputa, pero el buscador ya lo tiene enfrente. Suspira profundo, guarda silencio, descansa y coloca: Nuevo Puente de Cádiz.

Recuerdo que hace dos días, estaba comiendo pescado frito envuelto en papel: boquerones, puntillitas, calamares, croquetillas en el número 38 de la calle Santa Isabel, comida gaditana, en el barrio Lavapiés.

Giro nuevamente a mi izquierda y ahí permanece el viejo en silencio, con la mirada fija en la pantalla y las manos en los bolsillos, sonríe apaciblemente. En la pantalla hay un video de Youtube, nada más, es la transmisión, en vivo y en directo, de la construcción del puente.

El viejo contempla la obra durante 20 minutos y luego se retira. Yo tampoco sé muy bien que pensar, pero se me ocurre que hacen falta más puentes o que tal vez todos, al menos de vez en cuando, necesitamos re-conocer el puente, que nos trajo hasta aquí.


Sous le ciel de París, no hay nada oculto.


Llegamos a la estación de Porte de Maillot al medio día y estaba a reventar. Compramos los billetes de metro en su subsuelo, en medio de un extraño juego de policías y ladrones. Los primeros se hacían los que miraban, los que perseguían, los que buscaban y podían poner preso a los segundos. Los segundos jugaban a no hacer nada, jugaban a ayudar a la gente, a hacer encuestas, a pedir ayuda. Los primeros siempre han sido expertos en ver lo que les conviene, los segundos en no verlo. Esta vez los segundos no eran políticos, ni tenían corbata ni cuello blanco, eran gente humilde y avispada. Unos entraban y otros se iban, era un juego sin gracia, un no tocarse, un mantener el status-quo. Tal vez a veces, sea lo mejor: hacer como que no miramos, como que no nos enteramos de la verdad.


Cuando salimos del metro estábamos en el Arco del Triunfo, el arco que mandó a construir Napoleon Bonaparte para recibir a su ejército de invasores. De Napoleón se dice, es tatarabuelo de Chaparrón, el loquito mexicano. Según Eduardo Galeano, un loquito uruguayo, Napoleon fue un tipo de esos de los que los diarios oficiales hablan mal para luego hablar bien. El diario Le Moniteur Universel dijo en su momento que era extranjero fuera de la ley, usurpador, traidor, plaga, jefe de bandoleros, enemigo de Francia y años más tarde, convertido en emperador, dijo que su entrada en la capital había provocado una explosión súbita y unánime, en la que todo el mundo se abraza y en todos los ojos había lágrimas de alegría.

Sandra, estudia un doctorado en Ciencias Políticas en París, pero nació y creció en un barrio de invasores muy distintos, en Ciudad Bolivar, Bogotá. Nos acompañó y nos llevó hasta el famoso obelisco de la Plaza de la Concordia, del que las buenas lenguas dicen que fue un regalo de Egipto para Francia y las malas, que Francia más bien, se lo robó. “Ustedes verán con que versión se quedan” dijo Sandra con una sonrisa irónica y yo pensé que tal vez, la verdad es una construcción social, cultural y personal a veces necesaria y a veces devastadora.

Caminamos por Montmartre, el barrio de Amelie, hasta llegar a la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Así se llamaba también mi colegio, una distinguida institución educativa de curas españoles que saboteaban los contadores eléctricos, para no pagar el agua y la luz que consumían. Así son las cosas en el país del Sagrado Corazón, así le dicen a Colombia, por rezandera y absurda.

Le pregunté a los parisinos y parisinas que conocí esa noche una pregunta también absurda, pero además cliché, cursi y ridícula, como cuando me preguntan a mi si en mi país todos metemos cocaína. Les pregunté si se consideran románticos, si esta ciudad era un romance permanente. No respondieron nada interesante. Dijeron que París era una urbe llena de solitarios, una ciudad sin encuentros, sin roce, con cada uno en su celular, como todas las grandes ciudades del mundo: ¡Vamos, una mierda de ciudad!

Al día siguiente Contance, mi anfitriona, quizá preocupada por los comentarios de sus amigos, me llevó por barrios y rincones que hacen que París valga la pena, calles tatuadas de colores que te hacen sentir en Lisboa, barrios diminutos y silenciosos que huelen a la sabana de Bogotá, con calles empedradas en las que se escuchan pajaritos cantar. Parques, canales, jardines y restaurantes, como una película de Woody Allen.

Como dijo Claudia, mi compañera oficial en este viaje, (y una vieja amiga de este blog) París desde abajo da tortícolis, ciudad museo, divina por fuera, de la que es preferible no saberlo todo. Y es que París te habla todo el tiempo, ciudad de guerras y de pestes, pero también de resistencias, de musas y de sueños. Ciudad de ilustrados, de faranduleros, de científicos y de artistas. Lo mejor y lo peor del mundo entero, tal vez ya ha pasado por París. Desde arriba París también es bonita e impactante, una sotea es el lugar perfecto para una boda portuguesa, a la que nos colamos por unos minutos. Desde dónde sea, París es majestuosa y escucharla con la voz de Zaz, un regalo para el espíritu.

No obstante, la verdad, es que lo mejor de París me lo encontré en una calle cualquiera. Caminábamos Constance y yo como lo que somos, una europea enamorada de Latinoamérica aunque la entienda poco y un latinoaméricano con casi 10 años vivendo en Europa, aunque aún no entienda nada. De repente, una escandalosa muchedumbre se atravesó en nuestro camino. Una manifestación pública un domingo, no tendría nada de raro en París, donde desde aquel Mayo del 68, hay una huelga un día sí y el otro también. París cree que le enseñó al mundo a protestar, pero esta huelga parecía distinta, tenía más ritmo, más swing.

Efectivamente, habían tambores y cantos, músculos y saltos. Unas 60 personas rodeaban con cámaras y sonrisas a un grupo de negros que envueltos en unas especies de kimonos naranja golpeaban enormes tambores con fuerza. Los tambores macizos de cuero apretado, eran tan grandes como un árbol de 100 años, y quizá ciertamente, se tratara de árboles reales, porque hay algo en esa música que no es civilizado.

En los conservatorios de Francia sabrán de notas y de acordes, de partituras y de métrica, pero la verdad, mi verdad, es que ese tambor hablaba de otra vaina, me conectaba con otra cosa, como si hubiera otro mundo allá afuera, más allá de París. Otra tierra debajo de tanto cemento, un alma de verdad, debajo de tanta ropa de marca. Ahí estaban mis pies moviéndose solos, cantando aquella lengua desconocida, como si la conociera desde siempre. Ahí estaban esos africanos de Burundi, en una calle cualquiera de París, y aunque reían y bailaban, tal vez sí que estaban protestando. En esos días, el 13 de Mayo de 2015, un golpe militar volvió a sacudir su pequeño país, uno de los más pobres del mundo, una tierra que a nadie le importa. Un lugar que antes de la primera Guerra Mundial, fue invadido por Belgas, Alemanes y otros civilizados parecidos. Una patria chiquita llena de cobalto y cobre, de azucar, café y hambre.

Hay verdades que no hace falta conocer bajo el cielo de París, pensé después que dejaron de tocar. La única forma de aguantar tanto golpe y tanto salto, con la pata pelada, lo pienso ahora, es construyendo tu versión de los hechos, tu verdad verdadera, tu propio tambor, para golpearlo con fuerza... y abrazarlo siempre.

Bella, encantadora


Desde la terraza en la que escribo puedo contar al menos 22 edificios.
El más alto, puede tener más de 30 pisos. El mío, 10.
Estar en Barranquilla 5 meses al año es volver a sentir que no tienes casa o que tienes dos y que no sabes cual es la verdadera.
Que en la otra no eres inmigrante, tal vez turista, residente o simple caminante.
Aquella es la ciudad en la que estudias y trabajas, en esta: bailas.

Esta, la sudaca, la caribe, es peligrosa, contagiosa y pegachenta. Es más corrupta, más injusta, mucho más sabrosa y más violenta. Llevo meses observándola y poco tiempo recorriéndola. Pero reconocerla es tan fácil, cada vez más caótica, más estrecha. De lunes a viernes es intransitable, el transporte público es ineficiente, el calor es asfixiante. Desde donde la miro, en realidad no puedo verla, 22 edificios me la tapan. Me tapan el río, me tapan el centro, me tapan la gente y el alma. Desde donde la miro puedo juzgarla, criticarla, odiarla.

Pero La Puerta Oxidada, por donde entró todo y todo siguió de largo... es la única ciudad que amo. El lugar de los afectos, de castillos desvencijados frente a atardeceres perfectos. De muelles podridos por una mar salada que nos recibió con abrazos.

La que se intenta reinventar en medio del saqueo. La que tiene encantos en cada traspatio, la de la madre cumbia, la de Totó y Petrona, la de los Gaiteros... en la que fácilmente, puedo ser feliz.

Ciudad Tostada, sigue controlada y sin embargo, se revela y se disfraza, se viste distinto y da la vuelta en medio de tanta tanta gente que la defiende y tanta gente se la lucha. Por eso provoca volver a ella, volver a casa, cada vez que se pueda. En Barranquilla me quedo y no es mentira, ni eufemismo, ni canción esclava... es lo que hago cada día, desde que me conozco, desde que me levanto. Vuelvo a ella, vuelvo al nido y vuelvo a mi.

Hay quienes no quieren tener esperanza, hay quienes no sabemos vivir sin ella. Tal vez debería llamarla utopía, porque no la espero. La busco con la esperanza de volver a volver, de confundir y reinar. No sé exactamente que o quién fue lo que me salvó, Tal vez la sonrisa de la abuela, las caricias de la madre, las palmeras de la calle, las miradas autistas, las fiebres tropicales, los jugos de fruta, las caderas peligrosas. Tal vez los encuentros en la esnaqui, las canciones y arepizzas.

Y las ganas de trabajar por lo que eres, de comprometerte con lo que sientes, celebrar por lo que tienes. La belleza de esta ciudad, tal vez radique en la invitación permanente, a sentirte vivo, a ser feliz y a abrazar tus decisiones.

Viste tú


A veces te pega, un viento frío por la espalda.
Se te sube por el cuerpo y se te atasca en la garganta.
Puede ser la muerte, que ya no está tan lejos.
Te dices que ya no eres tan joven y tampoco tan viejo.
Y el frío sigue ahí.
Aunque estás en tu casa, la caliente.
Rodeado de tu gente, la bonita.
Mirando la ventana, marroncita.
El frío sigue ahí, con ganas de hacerte llorar.
El frío sigue asustando, perturbando el alma.
Empujándote a caminar.
No sabemos muy bien hacia donde, no sabremos nunca con quien.
Pero toca levantarse y andar.
Definir el rumbo, acompañarse de uno mismo,
abrigarse, amarse, hacer equilibrismo, patinar.


Escribir como si nadie fuera a leerme.
Bailar como si nadie me mirara.
Cantar como si nadie me escuchara.
Vivir conmigo como si más nada me importara.
Y aceptar mis derroteros.
Y caminar por nuevos caminos, por nuevos senderos.
Escribir como si tu nunca fueras a leerme.
Reíme de que no sepas bailar.
Cantar canciones corronchas y cursis.
Y vivir, caminar, andar, sonreír,
más perdido que pingüino en el Caribe.
Encontrar más de lo buscado.
Y agradecer, por todo lo encontrado.
Luchar contra los apegos, contra los círculos viciosos.
descuadricular la mente y rearmar el cubo, cortar.
Y escribir sin esperar tus comentarios,
y vivir sin sus aprobaciones.
Y subirme a la terraza, y quedarme en la luna,
Y sentir la brisa y el cielo estrellado y que no me importe, vivir ahí,
Así, aquí, en ti.

El bobo del pueblo


Este año, por segunda vez consecutiva me puse el mismo disfraz. Teóricamente es de nerd, lo que en los colegios del Caribe llamamos: un caleto o comelibro. Yo, que viví de pelea con el sistema educativo y tuve que regalarle un par de CDs a un profesor del bachillerato para graduarme, no he dejado de estudiar desde entonces.
En la Guacherna de ayer el man se volvió a poner sus tenis negros, sus largas medias grises, se arrequintó la bermuda de cuadros con sus colgantes, ajustó cada uno de los botones de la camisa mangalarga blanca impoluta y luego de ajustarse el corbatín dorado, se engominó el pelo de medio lado. Las grandes gafas negras las ha tenido puestas desde siempre, tal vez por eso no se ha dado cuenta, que este año perdió los lentes.
La gente en Curramba ve al nerd más bien como al bobo del pueblo, ese que lo sabe todo. Ahí estaba otra vez, despelucándose con la brisa fresca de los febreros quilleros. Esquivando marimondas, monocucos y congos, más peligroso que idiota entusiasmado.
La gente al verlo solo y corriendo como imbécil, no sabían si reírse o asustarse. En sus rostros se percibía una extraña mezcla de fascinación y pudor. Antes de que el desfile arrancara, con su estúpida cadencia, el bobo ya había había bailado con medio pueblo y aunque a unos pocos no les hacía mucha gracia, -supongo que no les gustan los espejos- la mayoría lo trataba con cariño y se tomaban fotos con él.
Fue entonces cuando las comparsas empezaron a moverse, que el bobo se apoderó de mi. Dejando que bailara toda mi estupidez. Tantos y tantos días de neurosis, pensando en un futuro que aún no ha llegado, guardando ideas para después. Todas mis bobadas juntas: como cuando le dije a mi madre que no necesitaba estudiar inglés, como cuando dejé las llaves dentro del carro cerrado, como cuando se me olvidan los nombres de la gente, como cuando me hizo falta el compromiso con la esperanza.
Pero este bobo no solo me ha enseñado a perdonarme si no a entender que este bobo somos todos. Una pila de idiotas que celebraban mis bobadas. Un montón de bobos a los que les roban la ciudad y país los mismos vivos de siempre, mientras permanecen embobados frente a un televisor.
Este bobo no comía de cuento, ni se metía con nadie, solo aplaudía como podía, como hueva, mientras el público intentaba seguirle de la misma manera. Hubo de todo: mujeres mayores que junto a sus maridos gritaban “Ayy que lindo el bobitoo...” con lo que me tocaba, en un reflejo de solidaridad masculina, ponerme serio y decirles: “¡Ojo llave, que a tu mujer le gustan los bobos”
Había también quienes gritaban “¡es marica, es marica!” entonces el bobo afinaba un exagerado movimiento de pelvis, como imitando un polvo, con lo que la gente aplaudía y se reía más tranquila, como si homosexuales y heterosexuales, no lo hiciéramos igual. De todos modos, debo reconocer que el bobo se salió de su papel con una carcajada, ante la ocurrencia de un desconocido: “¡Ñierdaaa si es marica, culea pa’ tras!”
Casi al final, después de varios kilómetros de fiesta y risa, de bobada y baile, de canto y reflexión, apareció otro momento inolvidable imposible de prever. El bobo se acercó para intentar animar a un grupo de gente que permanecía seria y perfectamente sentada, de repente, se levanta un tipo con notabilísimo acento de la capital de la república y dice: “¡ala pero si es costeño, ala!” con lo que sus compinches de alrededor, sueltan la risa.
El bobo, sin perder la compostura, reconoce la broma del rolo poniendo su mano para que se la choque y entonces cuando éste, orgulloso lo intenta, el bobo la quita de un tirón gritando: ¡Díganme bobo, pero nunca cachaco!

Hay cosas que solo pueden entender los nacidos en la esquina del Magdalena con el Mar Caribe. Hay cosas que no tienen que ser explicadas sino vividas. Después de 8 años fuera, estoy convencido que escapar de este país, sería una absoluta huevonada. Así que tal vez una de las mejores maneras de hacerle frente a tan inverosímil realidad, sea burlarnos de nuestra propia estupidez.

Una noche en Medallo

En realidad escribo desde Sabaneta, un municipio cercano. Me encuentro en el séptimo piso de un edificio nuevo, de esos que ahora se construyen en Colombia en cualquier esquina. Estoy en un cómodo balcón con bonitas vistas a cafetales. Es la casa de mi padre, con quien comparto un mes después de 8 años viviendo fuera.

Escribo una tesis hace horas, días, años. Dicen que aquí debo inspirarme y que si la termino, hasta podré algún día, cuando me aburra de vivir a mi manera, vivir a la manera de otros, un poco más estable y organizado. Ya saben: menos mundo líquido, más tranquilidad.

Y así, mientras lo hago, mientras leo, escribo, copio, pego, traduzco... veo las luces de los barrios humildes del pueblo a lo lejos, en la montaña, con sus casas color ladrillo, sus calles empinadas desde donde suenan vallenatos de Jorge Oñate que me los acerca el viento con cierto frío... cae la noche y debo estar a unos 11 grados.

Pienso entonces en la familia que no me tocó pero que me encontré por fuera del país, están ahora en Quebec, Munich, Athens (Ohio), Barcelona, todos y todas por debajo de los -10 grados.

Intentó volver a mi lectura: Baczko señala puntualmente que una sociedad sólo podría existir y mantenerse, asegurando un mínimo de cohesión y consenso, en la medida que los individuos preponderan el carácter colectivo sobre el individual: “un sistema de creencias y prácticas que unen en una misma comunidad, instancia moral suprema, a todos los que se adhieren a ella” (1991:21)

Y entonces, como por arte de magia, el Spotify en mi computador, que ahora llamo ordenador, reproduce un CD de un grupo africano, radicado en Francia, que con algunos de mis amigos/as bailé hace algunos años en el Teatro Apolo de Barcelona. Lo curioso es que escucho por primera vez una canción que ignoraba que existiera: Colombia, Mi Corazón.

Entonces yo, que me peleaba ayer con el discurso de una paisa hipercatólica que no quería apoyar el proceso de paz, me salgo nuevamente de la lectura y me pregunto si podré seguir con esta tesis sobre interculturalidad, si podría seguir viendo estas casas a lo lejos, por el resto de mi vida, ¿cuánto tiempo más tendré que escribir este texto psicorígido en el que hay que citar a los que saben? En fin... si es mejor negocio escribir poemas o irme a ver la película, con mi papá.

Ya está, perdón por molestar, les comparto la canción y vuelvo al documento.