El llavero de Dalí.

Pensé que pasaría algo más, que sentiría algo más o algo menos. Pensé que sentiría, pero lo único que se produjo fue este vacío que aún me embriaga. Cuando pasó lo que pasó no vi color alguno, ni túnel, ni arcoíris. Simplemente un triste tono negro mate, sin brillo, sin luz, sin nada.

Horas más tarde, lo único que percibía era el sonido absurdo de sus voces hablando de Ronaldinho. Hablaban de la última derrota, del último fracaso. Uno de ellos explicaba que la solución era sacar a todos los viejos y solo jugar con los jóvenes: Bojan, Messi y Giovanni. Sus acentos no eran claros, aunque sí muy familiares, tal vez colombianos, tal vez venezolanos, tal vez cubanos. En todo caso no me extrañaba que los latinoamericanos se dedicaran a este tipo de trabajos.
Uno de los dos, el más gordo, se retiró por un momento mientras el otro me tocaba la frente con su mano cubierta en látex, lo hacía con cierto gesto de ternura que me fastidiaba. Yo estaba desconcertado, por un momento intuí que le importaba a alguien, que había una primera persona que se preocupa por mi estado, pero al poco tiempo mi suposición se desvaneció. El gordo regresó a la escena con un pocillo de café hirviendo que puso sobre mi pecho.

De vivo, uno jamás se imagina una situación similar, sin embargo a mi me embargaba una paz y un alivio enorme, el mismo que sentí algunas horas -o días atrás- cuando dejé caer mis muñecas ensangrentadas en la bañera. En aquel momento, cuando el agua se enrojeció completamente, empezaron a desaparecer por fin, las dos imágenes que tanto me habían perturbado desde mi llegada a España. Primero: la de mi madre cansada de limpiar los baños culeados, cagados, vomitados y meados por primermundistas que visitaban aquel hostal y segundo: la imagen nítida de mi novia, del otro lado del atlántico, chupándosela a aquel imbécil.

El tipo menos gordo continuaba con su estúpido gesto de ternura mientras bostezaba como un bebé. Acto seguido, enterró el bisturí y realizó un perfecto corte desde la tráquea hasta el abdomen. Con sus manos cubiertas por guantes comenzó a tocar y a sacar mis vísceras. Lo primero que extrajo fueron los pulmones, luego el corazón y los intestinos. Cada uno de los órganos los fue depositando en una bolsa negra que estaba en medio de mis piernas. Entonces el gordo entró en acción y con toda su fuerza pero con mucho cuidado retiró mi hígado y mi bazo. Al parecer, yo quedé más flaco que nunca. La yugular fue el canal que le sirvió para aplicarme la formalina en el cerebro y en la cara. Luego puso algodón en la nariz y en la boca. Con unas toallas ya usadas secó la sangre que había quedado dentro de mi cuerpo, esparció más formalina y me rellenó con otros trapos viejos para luego coserme.

Posiblemente, si hubiese sabido que me iba a ver tan feo, lo hubiese pensado una vez más, pero la conclusión seguramente habría sido la misma, la decisión ya había esperado demasiado. Por un instante quise pensar que el alma me volvía al cuerpo cuando me maquillaron, me peinaron y me pusieron ese elegante traje que de vivo nunca pude comprar, pero no fue así, el alma no volvió, nada volvió.

Ya en el ataúd, sentí tristeza por primera vez imaginando mi entierro o mi cremación entre tanta soledad. De pronto, sin entender cómo ni por qué, me encontraba en Los Jardines del Recuerdo, aquel cementerio por donde tantas veces pasé en el transporte escolar. La luz nítida y caliente de las mañanas del Caribe colombiano alumbraban las caras de los presentes. Ahí estaban todos y todas. Tíos, tías, abuelas, abuelos, primos, amigos del colegio, amigos del barrio y hasta mi hermano, con quien dejé de hablarme desde hacía dos años.

Ante la mirada incrédula y llorosa de la mayoría, mi padre traía consigo su promesa: un grupo de músicos locales vestidos de negro que al son de los tambores, me despedían cantando. No sé cómo pero ahí estaba también, la mujer me mas me amó, llevaba peor cara que cuando regresaba del trabajo en el hostal. Al parecer había sacrificado la posibilidad de la residencia española con tal de darme santa sepultura junto a los míos.

Finalmente, ahí estaba ella, sin él, temblando de miedo, con su piel morena, sus gafas oscuras, su cintura perfecta y el llavero de Dalí… que yo le había mandado.

5 comments:

Anonymous said...

wow, q historia... la verdad no se q comentario hacer simplemente m ehe quedado anonadada, ucalquier comentario q haga en este momento es insignificante, me impresiona la forma en la q escribes, a ver si me pegas un poco de tu creatividad, jijiji.
Mi amorsote, nunca dejes de deleitranos con tus escritos

AlejandroAngel said...

la verdad siempre he dicho que solo el que escribe sabe a que se refiere. qué hace parte de su realidad y qué hace parte de su (i)realidad.

también me quedo sin saber que "debería" comentar, sólo decir que bacana la descripción, ¿podrá alguna vez uno narrar en primera persona el día de su muerte? da cierto morbo.

un saludo viejo alfred.

Anonymous said...

Hace rato no pasaba por aqui a comentar...

Despues de tanta duda, quedó chévere la historia...te sabes hacer leer rápida, clara y tranquilamente...

Buena por el llavero de Dalí :D

Un besote Patxuco

Jess

Car0 said...

Hola, la historia me parece interesante, uno siempre piensa en su propia muerte, ¿egoistas? no lo creo, supongo es la que verdaderamente nos afecta (la que nos mata).
Creo también en como (estupidamente) los objetos nos hacen recordar personas, momentos, sentimientos, días, lágrimas, etc.

saludos

pd: en otros escritos se lee un "Mejico", si te refieres al país, te informo se escribe así "México", sino es al país entonces:
"ahí dispense la ignorancia".

Anonymous said...

Quede impactada con esta narracion. Es tan vivida...y la redaccion tan cruel y real.. quede con los latidos acelerados...
Tremenda tu imaginacion y sobretodo la forma de escribir y llevar la historia
No se como explicar lo Expectacular que me parece.
Felicito al autor por tan maravilloso escrito