Desde el Sur.


Desde el norte el sur es un espejismo, aparentemente fácil de juzgar, de interpretar, de desafiar, de deconstruir.

Desde el sur, el sur no se puede ver tan claro muchas veces. Vallenato tras Vallenato se acaba la perspectiva. En el sur la vida puede durar lo que dura cualquier verso. -“Suave que me estás matando que estás acabando con mi amor”-

En el sur la gente necesita menos de las cosas que podría llegar a tener. El sur es más pobre materialmente, porque los dueños de todo no bajan los precios. Los dueños de todo no reparten nada, solamente cobran. Los dueños de todo, son también dueños del sur y a veces viven en el norte del sur.

En el sur, las sonrisas son anchas y los problemas muy cortos. En el sur hay un Santo para cada espanto y una borrachera para cada milagro.

En el sur la gente da los buenos días y las buenas noches, agradece cada gesto y siempre está a la orden. En el sur la gente se ayuda por ayudarse y se jode por joderse. En el sur la gente tiene aspiraciones, ilusiones, está todo por construir. El sur es joven y huele a eucalipto, a amor de verano, a plátano pícaro y a mamón. En el sur los jugos vienen con fruta y la gente con ternura.

En el sur cada noche, en alguna callejuela, la vida vale tan poco, que se quita por nada. Por un teléfono celular, por una confusión, por una celebración, por una agarrada de culo o por un gol. En el sur, cada noche, en cualquier casa, la vida vale tanto que baila sola, emerge con fuerza y sale a la terraza en forma de dominó, con carcajadas feroces, con un nuevo nacimiento, con abrazos reales, con triple saltos mortales, con poesías sutiles, con humildes poemas.

En el sur los pesadores no tienen motores, ni neveras, ni afanes. Los colegios, en cambio, tienen muchos más niños que sillas, los gobiernos más proyectos que presupuestos y menos proyectos que ladrones. Las empresas tienen más puestos que salarios, la gente tiene más presente que futuro, más hoy que mañana y tal vez por eso, solo por eso, tienen más alegrías que problemas, más emprendimientos que crisis, más Dioses que fantasmas, más canciones que datos estadísticos. Digo yo, que tal vez por eso, tienen un presente siempre hermoso, claro, transparente y deseable, parecido al firmamento.


Escrito desde el sur del departamento del atlántico, al norte de Suramérica.

Sin sabor

Este sin sabor entre sueño y fuego, entre viento y miedo.
Este sin sabor sutil y cotidiano, donde juntos de la mano, luchamos por seguir.
Este sin sabor que es tu locura, que desespera entre las brumas, cuando somos más que dos.
Este sin sabor que no es costumbre, que es pecado y que es perfume, que es delirio y es canción.
Este sin sabor con el que escribo, me consume en pensamientos, cuando acabas de partir.
Y partes cada noche en un momento, pa' reinventar el sentimiento del que puedo construir... una noche, una habitación y un camino, de sin sabores descubiertos y sabores por descubrir.

Dos casas


El sol rostizaba como de costumbre todo el apartamento. El tercer cuarto, fue un sitio mágico con un par de sofás de cuero donde un disco de acetatos narró las peleas de El Flecha y la Niña Tulia. En aquel mismo lugar, que se convertiría años después en la habitación de los primeros amores, el hijo de otra niña Tulia, me sentó en sus piernas y sin despelucarse me dijo: “Hijo, te tengo una buena noticia: a partir de la próxima semana tendrás dos casas”. Yo no dije nada y el le subió el volumen a un disco de otra niña que también podría ser su madre, la niña Emilia.

Al terminar la universidad me fui de la casa de mamá. Vivir en la casa de papá ha sido entender que la familia es un concepto amplio como el océano. Nunca pude olvidarlo. Hace tanto tiempo tengo dos casas. La que construyo cada día la he compartido con varios. La de la independencia y la libertad está siempre abierta, a ella se llega a cualquier hora pues nadie te espera. Eso me gusta y me asusta. Es la casa de los poetas que comienzan empresas cada noche, la de las musas que se cuelan por la ventana bajo la luna llena. La casa de papá, la de la condonería y la piscina. La de los inviernos y la ruleta rusa.

Volver nunca dejó de ser volver. La casa de mamá pelea y se ríe de sus tradiciones machistas y su alegría sincera. Con toda su hipocresía y sus leyes estrictas. Es pasado y es futuro, pero sobre todo es amor infinito como el de ella, una brisa decembrina, un estadio amarillo, fuerza, alegría, esperanza y un largo carnaval. La casa de mamá se vuelve loca en esos 4 días. Se desordena, se desorbita y se vuelve a organizar. La casa de mamá se le sale a uno del pecho, lo pone a llorar, mientras te cuida de los arroyos bajo el despejado azul del cielo.

La casa de papá tiene callejones donde el deseo se impone como un rayo de luz esquisofrénico. La casa de mamá es el soponcio después del almuerzo. El hijo menor de la niña Tulia tenía razón. Me enseñó que cada día podía tener dos casas, para combinarlas y volver cada vez que lo necesitara, por eso esta noche, como cada noche, he vuelto. Ahora aquí, en la casa de papá, a más de 10 mil kilómetros de la de mamá, la niña Emilia me canta que ese man, no se amarraba el calzón.

Compay, ¿Qué te parece? esta combinación de Barranquilla y Calle13



Esta vez no se parecía en nada a las dos veces anteriores. Ambas habían sido en lugares cerrados, discotecas densas, llenas de humo, pero con la formidable ventaja de estar con los amigos y con ella. Esta vez, sin ella y sin amigos tomé un taxi que me dejó junto a la Plaza de los Músicos. En medio de esta, 30 personas escoltadas por la enorme estatua del más grande artista que ha parido este país, veían la televisión concentrados, bebiendo licor, como si no se enteraran de lo que estaba sucediendo al lado. Muchos Festivales de Orquestas viví en aquel recinto, convirtiéndose en guarida de maravillosos recuerdos de adolescencia. Sentí que el lugar ha cambiado, como mi barrio, como su gente, como todo… y ahí estaba yo, medio solo.

Entré tarde, ChobQuibTown, a quienes con ella conocí del otro lado del charco, suben a la tarima para recordarnos que este país es negro, mulato y zambo. Que suena a bunde, a currulao, a cumbia y que está en pie de lucha. Que somos inteligentes, alegres, frágiles y contradictorios. Que aquí la vida vale tan poco, que cada vez, la amamos más.

Calle13 sube luego con la misma camiseta puesta. La de la selección de fútbol que por estos días tiene encantado a la ciudad y al país. Entonces, los residentes de Barranquilla le dan una gran bienvenida a los visitantes y nada vuelve a ser como antes.

La energía desbordante de estos músicos urbanos, contagia de inmediato a esta ciudad acostumbrada a músicas tropicales y rurales. Entonces, todo sucede. Sus canciones, llenas de sarcasmo, humor y ritmo sobroso, ponen a los privilegiados de Barranquilla a bailar como los pobres, a portarse mal, pero con dignidad, a responder con el alma, cuando la banda pregunta si estamos vivos y casi a llorar, cuando un grupo de indígenas Guayú, se presentan para protestar por el desvío del río Ranchería. Ellos y ellas, hombres y mujeres hermosas, humildes y valientes, resistentes pacíficos, hablan -en su propia lengua- de este Caribe amplio en lenguajes que no requiere demasiada explicación, que pocos pueden redactar, pero muchos saben vivir.


Esperanza, que siempre está merodeando cerca, tiene la capacidad de aparecer en medio de la nada, pero también en medio del tumulto, justo cuando el presente es más importante que el pasado y el futuro, cuando la vida sonríe y cuando guarda silencio, cuando amanece y cuando cae la noche. A partir de ahí dejé de sentirme solo. Esperanza estaba tan hermosa como siempre, con su perfil trigueño, caribe, canela, cadera perfecta. Esperanza y yo nuevamente para ser, porque no hay nadie como ella, esperanza y yo para cambiar el mundo, para darle la vuelta y morir en Hawaii. Nos rodeaban, alegres, miles de caras de los nuestros, miles de jóvenes que creen en un futuro distinto, donde las balas no gobiernen, donde no está todo calculado, ni la vida resuelta, pero donde queda el compromiso, de no desfallecer.

Calle13 lo notó. Notó que esta ciudad es caliente, pegajosa y diferente como su música, como la ciudad de sus amores con sus casitas de colores, con el mismo bordillo, la ventana abierta y la misma nevera repleta de frías. Calle13 nos notó y nos cantó al oído, mientras el guitarrista hacía un solo espectacular con una máscara de marimonda, para cambiarle el nombre al Rockmelio y decirle al mundo que aquí, también bailamos así…

Sobre mi pecho


Te veo revolotear, te veo cantar, bailar, saltar. Tienes ese pelo engajado, esas piernas divinas. Te veo y me veo. Tú con ese vestidito amarillo, y yo con esta cara de idiota, cada vez más viejo. Hoy te has puesto las sandalias que yo mismo te he comprado. Te veo y no me miras, te miro en silencio. Te miro saltar en mi cama, jugando a las escondidas. Mi cama es tu escondite, tu guarida, tu lugar de ilusión. Te siento construyendo historias sobre mi pecho, riendo con las cosquillas que te hago, y de pronto como si nada, desapareces. Te vas sin despedirte, mientras me sacas una sonrisa. Me gustaría sentarme a enseñarte cosas, a aprender de ti. Reirme de nosotros, solos, quedarnos dormidos. Te veo inocente y risueña, fuerte y traviesa, te miro y me miro, te cuento y me cuento, te espero y espero.

Si Esperanza me viera, pfff... vaya problema. Si me viera pensando en ti. Esperanza se pondría celosa y nerviosa. Pero si Esperanza te viera, como yo te veo, reconocería que tu tienes un pelo más lindo, unos ojos preciosos, el color perfecto y toda una vida por delante. Si me viera en este estado... meditabundo, imaginándote bailar, disfrutando de tu coquetería, tu dulzura, tu sonrisa, entendería porque me pongo tenso cuando te pienso. Al fin y al cabo, por mas que se parezcan, Esperanza es Esperanza y tu eres Mikaela.  

Salsa caliente del Japón.



Su padre se llamaba Haruto y su madre, Manami Ayane, ella Rabia. Cuando me lo dijo me quise morir, primero de risa y luego rabia, de la vergüenza. Era completamente cierto, ambos murieron en Rikuzentakata, su pueblo, mientras dormían y el maremoto los arropó junto a los escombros de la casa entera, ella, estudiante de la Universidad Tsukuba, ubicada en el área metropolitana de Tokio, apenas sintió el temblor, pero enseguida pensó en ellos.

De la capital de los Países Bajos yo tenía dos imágenes clavadas, la de un plato de pescado con patacones y limonada servido en el modestísimo Hotel Amsterdam de Aruba, al que llegué en un viejo Mitsuishi desde la Guajira colombiana, y la de las rastas de Ruud Gullit, campeón de la eurocopa con Holanda y varias veces con el AC Milán. 
Llegué a la ciudad solo en medio de la neblina, con la cabeza atolondrada, aún pensando en los muslos y el amdomen perfecto de Esperanza.

"Yo pasaría de tonto si no supiera, que uno debe estar mosca por donde quiera, y es por eso que yo digo de esta manera, que ese individuo no sabe en que se metió." La gente cantaba una de mis canciones favoritas, las botellas de cervezas, vacías sobre las mesas se apilaban demostrando quién era el más bravo, o el que más plata tenía o el más propenso a morir aquella noche. En ese instante sonó el disparo.

Rabia tenía los dientes perfectamente blancos. Un precioso Jazz de Casandra Wilson hacía parecer el sitio realmente hermoso, cuando en realidad, no era más que otro decadente coffe shop del Barrio Rojo. Al verla, sonriente y sola, pedí otro papel para hacerme un tabaco de 16 euros. Esperanza, se resistía a salir de mi cabeza, como hasta ahora.

Haruto y Manami Ayane nunca imaginaron el Caribe colombiano. Mucho menos que existiera Barranquilla. Después de trabajar para la Nikon en la periferia de Tokio, hasta jubilarse, solo querían lo mejor para la hija. Que dejara de pensar en ser escritora y buscara un trabajo de verdad.

Los gritos se sucedieron uno detrás de otro y la gente que estaba a pie de calle se dispersó en pocos segundos. La mayoría seguía bailando, solos, solas o en parejas, todos y todas entregados al poder sabroso del embajador del piano.

Llegamos a ese bar por distintas razones, ambos llenos de tristeza, pero nos unió la risa falsa de la marihuana. Yo que prometí no consumir ningún tipo de droga por respeto a los campesinos que mueren en las selvas colombianas. Ella, que le prometió a sus padres no comportarse como esas ridículas jovencitas con ideas occidentales. Rabia y yo y nuestra risa, enamorándonos de lo desconocido, burlándonos de nuestro mediocre inglés, de nuestra melancolía. Esa noche, las calles de Amsterdam se nos quedaron pequeñas y en un cuarto de hotel sencillo, después de hacer el amor como pocas veces, me habló de sus ahorros y de su novio, con quién desde antes del terremoto, había dejado de acostarse.

“Kami-sama, Hotoke-sama, dōka otasuke kudasai." Nadie entendió nada y nadie parecía dispuesto a entender hasta que me desplomé en sus brazos y la sangre inundó mi camisa blanca. -¡Verga!- Gritó alguno, -!este pelao esta herido, llamen a una ambulancia!-

Parecíamos solos en el universo. Ella, que solo había intentado enfrentar a mis palabras cuando le dije: “I want to show you what the development is”. Yo, que quería mostrarle como bailan en La Troja con La Orquesta de la Luz. Rabia, que solo quería dar un paseo por un país lejano. Dios y Buda, intentando ayúdarme de alguna forma, y Esperanza en mi mente, como siempre, bailando para mi.

¡Complacencia, Complacencia! Los Gaiteros de San Jacinto en Barcelona.


*Crónica publicada en al revista literaria Víacuarenta

En Diciembre de 2010 pasó una cosa muy rara. En esos casos, cuando la realidad se torna absolutamente descomunal, no hay mas remedio que recordarla con la humildad de la infinita gratitud. Mas de un año después de los acontecimientos narrados en esta crónica, la historia fue publicada. Ahora les dejo en este blog el fragmento inicial y la posibilidad de seguir con la lectura.
 

Antes de salir de mi apartamento, me dieron un abrazo fuerte y honesto, como esta historia. Les puse cara de varón, cerré la puerta y me acomodé el sombrero que duró en mi cabeza muchas horas más, hasta que por fin, pude dormir, aún sin entender muy bien lo que había pasado.

Si ese sombrero hablara y mantuviera retenido todo lo vivido, tal vez lo podría contar mejor, porque encaramado en la prodigiosa cabeza del maestro Rafa Castro, no se perdió una sola conversación, un solo ron, un solo trasnocho, una sola angustia, una sola sonrisa. Ese sombrero lo conocí el día que conocí a su dueño, veinte noches atrás, en un concierto que difícilmente olvidaré.

Aquel jueves de noviembre, recorría Barcelona subido a una de esas serpientes mecánicas que la atraviesan, repleta de historias. Estaba leyendo el último libro de García Márquez, en el cual se refería a América Latina, como “esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda”. Pocos minutos más tarde lo estaba comprobando junto con 400 personas de variadas nacionalidades que de pie, emocionadas, aplaudían sin parar a 6 hombres que armados con dos gaitas, una tambora, un llamador, un acordeón y una hermosa voz, habían estremecido el elegante auditorio del Caixa Forum.

Si ese sombrero hablara, hubiese explicado ese mismo día que el placer de escuchar a Los Gaiteros de San Jacinto, se lo debíamos a un politiquero de esos que abundan en Colombia y que hacen lo que sea por conseguir un puesto diplomático. ¡Pero qué va! Ese sombrero no habla y en todo caso ¿quién le haría caso a un sombrero?

Nos fuimos alucinados, confundidos, sin saber exactamente lo que había pasado. Jess, -mi amiga, mi novia y mi socia- aún temblaba de la emoción por haber bailado con Los Gaiteros en su propio escenario, a pesar de un reciente esguince de rodilla que días atrás no la dejaba caminar. Yo, había podido grabarlos en video durante dos horas sin perder el pulso, a pesar de estar erizado de pies a cabeza y sufrir una especie de taquicardia leve y prolongada...


Continúa aquí...

Joe Arroyo, 30 años con la verdad!



(Se recomienda ver el video después de leer el texto.)

Todo empezó el viernes de Guacherna. En medio de la nostalgia y el frío del invierno barcelonés, en un restaurante japonés. El chisme, llego por medio del amigo de un amigo al que supuestamente le habían mandado un mail, donde se afirmaba que el mismísimo Joe Arroyo se presentaría en la discoteca Sampues de Barcelona.
  • Que va! Pero si ese man ya no canta!
  • Dicen que ahora si está listo.
  • Eso dicen hace 5 años.
  • Que va... hace como 20.
Escéptico con la noticia, con la imagen de un Congo de Oro en mi cabeza, alcé la copa de cava y brindé con mis acompañantes comentando: -“Barro, con esa vaina no se juega”-

El sábado de Carnaval, mientras un centenar de barranquilleros deliraban con un grupo de millo en la discoteca Habana Barcelona, la reina de turno anunció en la tarima emocionada: -“¡Los que se suban y bailen mejor, se ganan una boleta para el conicierto del Joe, la otra semana!”-

Ya no parecía una mentira, una falacia, un cuento chimbo. No era el día de los inocentes y no podía existir una persona tan mala como para jugar con todos. Prometer una barbaridad de esa índole para luego salir con un chorro de babas. Al menos no en ese momento, no así, durante las únicas cuatro horas al año en las que uno se puede enmaicenar en esta ciudad.

Pocos días antes del concierto aparecieron los grupos en facebook, los carteles, las cuñas y aún todo parecía carreta. Así llamamos a las exageraciones y a los embustes en el Caribe colombiano. Tiene que ser carreta que el Joe Arroyo se presente en Madrid, París y Barcelona el Jueves, Viernes y Sábado respectivamente, después de haberse parrandeado otro Carnaval de Barranquilla. Esa fiesta que se quedó corta en premios para darle, esa fiesta que se hizo grande con su talento, esa fiesta que se enamoró de él y de la que él se enamoró perdidamente, hasta la locura. No podía ser cierto que el Joe fuese a cumplir con esta travesía, al menos no parecía posible a los 56 años, con hipertensión, diabetes, tiroides, una isquimia, problemas renales, motrices y las secuelas de todas sus rumbas.

Así llegamos a la discoteca, muy puntuales pero incrédulos, el domingo a las doce de la noche, como rezaba la boleta.

Luego, me tomé un trago de cerveza que me supo más amargo de lo normal. -“Soy un iluso”- pensé sin decir una palabra, eran las dos de la mañana y no estaba ni el Joe, ni sus músicos. Era la madrugada del lunes, la mayoría de los presentes tenía que ir a trabajar y estaban empezando a perder la paciencia.

Parecía que se cofirmaba la sospecha. Lo que todos temíamos: el Joe no es más que una ilusión perdida, un recuerdo de mil noches de arreboles, la remembranza de lo que ya fue, la voz que no volverá. Mientras lo esperaba reconfirmaba que no podía haber sido cierta esta locura. Nadie sabía si se había presentado en las otras ciudades europeas. Nadie había visto fotos, nadie podía seguir ahí esperando el fantasma de la nostalgia. A las tres y media de la madrugada la mayoría de los asistentes se desesperó y los dueños del establecimiento, angustiados, tuvieron que devolver el dinero a todo el que lo pidió.

Las explicaciones eran como siempre, de toda índole.
  • Dicen que el mán se enfermó con el frío.
  • Dicen que ya viene. Lo que pasa es que viene con la hora de Colombia.
  • Que no, que no! dicen que ya no viene.
  • Dicen que tiene que venir porque ya le pagaron.
  • Ahora dizque está perdido en Barcelona.
  • ¿Se saben la última? No ha venido porque no hay limosina para buscarlo. Como hace dos semanas a Diomedez lo llevaron en limosina a su concierto en el Poble Espanyol, el dijo que también quería una.
  • No hablen mierda, el Joe está juicioso en su hotel, los que no aparecen son los músicos, se fueron de rumba.
La verdad, la única verdad, es que el Joe Arroyo entró casi a las cuatro de la mañana escoltado por la orquesta que el mismo bautizó hace 30 años, cuando tocaba con Fruco y sus Tesos y todo el mundo le mamaba gallo: “Ajá Joe, ¿cuando es que vas a montar tu propia agrupación? Vives es amenazando... ¿Cómo le vas a poner? ¿La Mentira, qué?”

La realidad es que teníamos frente a nosotros al mejor exponente de la música tropical colombiana de todos los tiempos. Lo evidente, es que los que se quedaron se olvidaron del trabajo, de la espera, de la angustia, de los rumores y del precio de la boleta. La única certeza, es que es un milagro verlo vivo y cantando y que igual que hace tres décadas, aunque parecía mentira, era verdad: ahí estaba, con y para nosotros: el Centurión de la Noche!

Está claro que el Joe no tiene el semblante que todos quisiéramos, la voz y la fuerza de antaño han desaparecido, pero para eso están sus canciones grabadas. Esas son sus verdades, la prueba inequívoca de que existió un genio; un genio negro y sabroso, que puso y a bailar a generaciones enteras de un país acostumbrado a la incertudumbre.

La única verdad sobre esa noche estaba frente a nosotros. El Joe cantaba con cuidado, sin excesos, con problemas para moverse y un poco irritado porque el sonido del local no le convencía. De repente, se encontró de frente con la reina, la del Carnaval, a la única que él obedece, entonces fue a la consola, pidió menos brillo y más bajo, se acercó al pianista y le hizo un par de anotaciones con la mirada. Parecía el capitán del barco que cruzaba Bocas de Ceniza, en el aquel absurdo video de Sabré Olvidar.

Esa era justamente la canción que cantaba:
Si tu quieres te perdono, pero deja de pecar...
Y La Verdad le completaba: ¡no-te-has-muerto!
Y como una magdalena... confiesate, aprende a amar
Y el público respondía: ¡no-te-has-muerto!
solo asi te salvarás... pues yo como un chacal
Y mi garganta se reventaba: ¡no-te-has-muerto!

Creo que el Joe nos escuchó, nos entendió.. Se sampó un wicky seco que le pasaron y volvió al micrófono rejuvenecido para sentenciarnos:

Seguire por mi camino... cantando, riendo siempre, y asi yo sabre olvidar!

Tú, olvida lo que quieras Joe Arroyo, pero a mi me enseñaste a bailar en una baldosa, a gozar en la punta 'el pie, a llevar el paso infinito del caminante, a amar el mar y el río... esa gran sociedad. Tu Joesón me enseñó a vivir echao pa' lante y preparao, cantando, riendo siempre, y por eso yo... yo jamás te sabré olvidar.

¡no-te-has-muerto!

Entrecruzados


Antonio Cervantes “Kid Pambelé” era un negrito buena gente que creció vendiendo cigarrillos de contrabando entre San Basilio de Palenque y el popular barrio de Chambacú, en Cartagena de Indias, (Colombia) hasta que se convirtió en uno de los mas grandes boxeadores de todos los tiempos, peleando 21 combates de título mundial y resultando imbatible durante 8 años. Luego cayó noqueado por las drogas, la fama y los políticos, para convertirse en una caricatura de sí mismo. Dicen, que el dinero y la fama enloquece a cualquiera.

Stephanie la loca, es la menor de las hermanas del príncipe Alberto de Mónaco. Nació en cuna de oro, con la mejor educación pero sin la menor idea de que hacer con su dinero. Quizá por eso en 1986, cuando Pambelé ya había perdido el título, Stephanie se emputó y se dedicó 5 años a producir un álbum musical que no valió verga. Las ventas fueron decepcionantes, con solamente 30.000 copias facturadas en los Estados Unidos. Desesperada, se le ocurrió aliarse con Michael Jackson, y así grabó la canción “In the closet” que puso fin a su carrera como cantante Pop.

Al año siguiente, Stephanie quedó embarazada de su guardaespaldas, al año siguiente volvió a quedar embarazada, al año siguiente se casó y al año siguiente se divorció, tras unas fotos del marido -“pegandole cacho con una pelaita”- como diría Pambelé. Justamente al año siguiente, el 15 de Mayo de 1998, Stephanie tuvo otra hija, con otro guardaepaldas, y cinco meses después, Antonio Cervantes fue incluido en el Salón de la Fama del Boxeo.
El dinero enloquece, dicen por ahí y quizás por eso, en 2002 Stephanie de Mónaco se fue a viajar en un trailer por Europa, con un domador de elefantes. Al año siguiente, se casó con un acróbata Portugués 10 años menor y al año siguiente, en 2004, se separó. El periódico Universal de Cartagena copió la noticia originalmente publicada en el periódico Bild, de Alemania y distribuida al mundo. Kid Pambelé, en medio de una traba, se limpió el culo con todas sus hojas, en una sucia y vieja calle de la ciudad amurallada.


Gutiérrez era el mejor para sus compañeros de clase. Perdía matemática, química, física, filosofía, dibujo técnico y hasta religión, pero cuando estaba en el área chica tenía absoluto control de la esférica. Podía llevarse a tres defensas con un solo movimiento y mientras miraba una esquina, clavar el balón junto al poste contrario.
López creció junto con las crayolas, los lápices de colores y la plastilina que la mamá traía de su trabajo, mientras bailaba escondida con los discos de Héctor Lavoe, que su papá guardaba como tesoros.
Gutiérrez marcó con el Júnior, en 2007, su primer gol en la Liga Profesional del fútbol colombiano. López para ese año, ya era multimillonaria y junto a su esposo, frente a miles de fans, en el cierre de su gira en Miami, declaró que estaba embarazada.
Gutiérrez frente al noticiero del domingo, pensó que la única felicidad superior a marcar un gol con su equipo amado, sería comerse a una morena como esa. Llamó a su novia, fueron a celebrar y meses más tarde, bautizó a su hija: Yeilou.

Yo, el del piso de enfrente


Me hubiese gustado empezar esta historia con una frase honesta y perfecta al mismo tiempo. Una frase imposible, hermosa, cargada de poesía, o de rabia o de melancolía, en cualquier caso una frase a la que nada le sobrara ni le faltara ninguna palabra, ninguna letra, ningún signo. Una frase que te enganchara como alguna vez quisiera engancharte yo, con toda la pasión, con todo el deseo, con todas mis limitaciones. Sería tan potente este primer párrafo, que no solo te obligaría a imaginarme una vez más, sino que además, sentirías que el tiempo nunca ha pasado, que todo fue una escaramuza del reloj y que vale la pena esperar. Sería una frase que te obligara a revisar la editorial que me publica para buscar su página Web, su mail, su teléfono, su dirección, cualquier cosa con tal de localizarme por medio de ellos… o en su defecto, leer todos mis libros, todos mis sueños, todos mis muertos.

-       Eres un absoluto romántico.
-       Pero de los más brutos.
-       De acuerdo – pensó ella, pero no dijo nada.
-       ¿Hay algo de comer en la cocina?
-       Solo aceitunas de las que no te gustan, de las de hueso.
-       En ese caso toca acompañarlas con un ron con coca-cola.
-       Tráeme a mi uno seco, y doble.

Había tomado un bus durante doce horas para recorrer mil doscientos kilómetros y todos los climas posibles. Bordeó el mar, cruzó el río, atravesó la sabana, trepó la cordillera y una vez en la capital, después de esperar más de cuatro horas en el aeropuerto, pilló el avión. Junto a la ventanilla, a su lado izquierdo, lo acompañaba una señora canosa, con unos lentes gruesos y unos brazos de pieles arrugadas que delataban su máximo tesoro; un cúmulo de experiencias entremezcladas, un montón de historias interesantes que tal vez a él y a muchos otros chicos de su edad podrían servir enormemente, pero que nadie estaba dispuesto a preguntarle. La mirada de aquella vieja, perdida entre las nubes, parecía decirle al mundo en voz baja, sin gritos ni reclamos, que su cuerpo en cualquier momento se iría con toda aquella sabiduría que pocos logran valorar.

Supongo, que con este modo tan ridículo y tan trillado con el que finalmente he empezado, no buscarás la editorial, si acaso, como mucho, pondrías mi nombre en el buscador como lo hace todo el mundo y seguramente te saldrían dos o tres idiotas como yo, con mis mismos apellidos, atiborrando la red de pendejadas: fotos de cumpleaños, post en blogs mediocres, artículos científicos, letras de canciones, concursos de poemas, cualquier cosa que estorbe.

Micaela era la menor y cocinaba las mejores pastas. Era difícil saber cómo lo hacía, ya que las pastas no tienen demasiado misterios ni posibilidades. Los espaguetis, macarrones, pennes y raviolis, eran el alimento más común en aquel piso, el plato que podría hacer cualquiera, inclusive él. Las de Micaela sin embargo, eran unas pastas siempre distintas, siempre frescas, siempre al dente, siempre con el toque perfecto de salpimienta y aceite de oliva, siempre bien acompañadas, siempre apetitosas. Micaela, como las pastas, siempre estaba buena.

-       Hace cuánto la conociste?
-       Siento que la conozco de toda la vida, pero que la descubrí hace 10 noches.
-       ¿Cómo que la descubriste?
-       Sí, así, como cuando los escultores del renacimiento sentían que la piedra les hablaba y ellos esculpían para liberar el ser vivo que había dentro.
-       ¿Cuál renacimiento? ¿Me puedes explicar que le pusiste a esas aceitunas?
-       Tienen un hueso que yo no les metí.

Salomé tenía el pelo negro como el petróleo y usaba unos shorts diminutos mientras estaba en casa. Era igual si era verano, otoño o primavera. Tenía de todos los colores. Inclusive en invierno solía ponérselos y se sentaba frente a una estufa portátil. Era como si hubiese necesidad de coquetear con la lavadora, la nevera, el calentador de gas, o los patéticos personajes que veía cada noche en la televisión de 54 pulgadas. Salomé tenía las piernas morenas más hermosas que él había visto jamás. Piernas de tenista, de patinadora, de bailarina, de trapecista, de pescadora, de campesina, de porrista, de enfermera, de africana, de caribeña, de prostituta, de policía, de asesina, de profesora. Él la miraba caminar y aquel diminuto apartamento cambiaba de color, de aroma, de tamaño, Salomé transformaba todo a su paso, hasta que habría la boca.

Entonces él se asomó, miró para ambos lados, las luces del pasillo estaban apagadas, el televisor gigante permanecía mudo. Ajustó la puerta como quien no quiere cerrarla pero quien tampoco quiere abrirla, y volvió a incorporarse a la conversación.

Sería ridículamente divertido, escribir un texto libre, en el que no sintiera miedo de que me leyeras, en el que no pudieras moverme comas, puntos suspensivos y errores ortográficos. Hubiese sido bonito bonito que te encontraras este texto en el piso, mojado por un aguacero, desojado por un arroyo callejero. Me imagino un libro sin carátula, sin nombre y sin mi nombre y sin embargo, un libro que no pudieras soltar, porque te habla al oído, porque te susurra como seguramente te gusta que te susurren, con palabras babosas y gemidos claros. Un libro en el que te descubras bailando, como siempre te imaginé, como te encontré, como me perdí.

-       Yo creo que nosotros, en esta casa, somos un matrimonio, osea esa institución que solo sirve para cuidar el pa-trimonio.
-       Juana, ¿Qué somos nosotros en esta casa? ¿acaso una familia? Tres mujeres y yo, un hombre que a veces duda hasta de su hombría. ¿qué es la hombría? ¿qué es ser hombre?
-       ¿Pues que quieres que te diga yo? Si no se que significa ser mujer, mucho menos hombre. Lo que se es que ustedes tienen dos cabezas y piensan menos… y que voy por otro trago, quieres?

El día que llegó a aquella casa tenía una mano adelante y otra atrás. Quiso ponerse las dos adelante para detener la erección cuando vio a Salomé y a Micaela en la cocina, con esos shorts, tan pequeñitos, tan juntitos, con esas sonrisas de quienes saben que dominan el planeta entero. Tapó el bulto del pantalón con la mochila y entendió que ahí quería vivir para siempre. No pensó en un trío con las dos morenas, pensó en una familia, donde el sexo, como la comida, fuese una necesidad vital para satisfacer. Ellas lo miraron con indiferencia, como miraban al resto de los terrícolas, y se fueron a comer frente al gran televisor.

Si hubiese tenido disciplina para escribir, te habría vuelto loca o me habría vuelto rico, pero no la tengo, aquí estoy, conóceme, soy un mediocre que escribe solo cuando está solo y despechado, cuando se queda sin Internet, cuando hace demasiado frío para salir o cuando lo obligan, ya sea con un resolver en la cabeza o con unas migajas para el bolsillo. Y tú? Dime que decidiste ser trapecista y perteneces a un circo importante con el que viajas por Europa junto a leones, elefantes y payasos y no un simple salvaje que vuela  de palo en palo, meciéndote sobre todos los que te dan la mano.

Las hermanas Reyes estaban tan buenas y tan huecas que confundían. Nadie sabía si estaban muertas cuando de pronto un derroche de lujuria las embriagaba. Los coches, las drogas, los llantos, los penes, los gritos y los golpes eran las únicas cosas que podían mantenerlas distraídas. Él pensó enamorarse de ellas durante la primera noche y al poco tiempo le recordaron el asco que había padecido por culpa de enamoramientos anteriores. Entendió lo absurdo que era perder tiempo mirando unos senos perfectos como los de Micaela y unas piernas sublimes como las de Salomé. Ella por su parte, carcomida por la intriga, ilusionada en el fondo, le preguntó:

-       Micaela o Salomé?
-       Qué pasa con ellas?
-       Cual de las dos es la que te gusta?

Cuando Juana le explicó a sus compañeras de piso, que un primo suyo vendría a quedarse unos días en aquella casa, ninguna de las dos le prestó mucha atención. Seguramente, pensó ella luego, por el modo en que se refirió a él: “Tengo años que no lo veo, al menos 15, crecimos juntos, era una linda persona y ahora anda con una mano adelante y otra atrás”.

-       Claro que no!

Ella se movió evitando que se le viera la alegría, pero luego miró sus ojos grises y no pudo impedirse recordar la infancia compartida frente a aquel muelle desvencijado sobre el mar. Recordó, como lo había hecho durante las últimas 12 noches, aquel momento absurdo en el que con cojines y un pedazo de la cama de la abuela, construían bases de guerra americanas, hasta que una vez, con tal de salvar la historia cinematográfica que habían planteado, se dieron un beso de aproximadamente 4 segundos.

-       Y entonces? – Le preguntó.

Él se detuvo, miró hacia la puerta del balcón y se puso de pie. Se dirigió hasta ahí y la abrió. Juana quedó inmóvil, pegada a la silla, le miró el culo y pensó en que llevaba 12 noches masturbándose con más vergüenza que de costumbre.
Él se asomó y se quedó hipnotizado al ver la casa de enfrente, aquella ventana, aquel chorro de luz en aquella cara, aquel mechón de pelo, aquella mirada incrustada en las hojas, en sus hojas, la poesía estaba en la escena, no en el libreto. Aquella soledad, se convertía en rebeldía por leer a esa hora, con ese frío allí afuera.

No me importa si no te lo encontraste de casualidad, si me ha tocado marcarlo, con el numero de tu puerta, sin tu nombre, después de tantas dudas. Siento, en todo caso, que algún día tenía que hacerlo, en este momento, podrás asomarte como casi siempre y, aunque no esté frente a tu ventana, leerás este párrafo y sentirás mi presencia enfrente tuyo, através de la mañana, de la bruma de la calle hasta llegar a mi balcón… y entonces, soñarás conmigo, como yo te he soñado tantas veces y espero seguir haciéndolo, sin miedo a tenerte ni a perderte, mientras yo sueño que caminamos agarrados de la mano, por las calles de esta gran ciudad, de la ilusión.