Independence Day

El 20 de Julio de 1810 se efectuó en Santa Fe el Grito de Independencia, por eso el pueblo colombiano está celebrando por estos días, el Bicentenario. La fiesta se espera por todo lo alto. En Barranquilla, se ha confirmado que Petrona Martínez le devolverá al Joe Arroyo, el homenaje que este le hiciera alguna vez, cuando cantando sus canciones, vendió cientos de miles de discos y muy cerca de ahí, en el municipio de Malambo, se presume que el fantasma de Michael Jackson volverá a aparecer, esta vez cantando el himno nacional en inglés.

En el panorama internacional, el odontólogo y cantante vallenato Peter Manjares cantará junto a Alfredo Gutiérrez en la Plaza Mayor de Madrid, y los norteamericanos han tenido la gentileza de regalarle al pueblo colombiano, tres bases militares y el mantenimiento durante 10 años de 800 empleados del departamento de Defensa estadounidense y 600 contratistas militares en distintas zonas del país.

Por su parte, el gobierno del Presidente Uribe, reiteró que el 20 de Julio presentará al Congreso de la República el nuevo impuesto de guerra que deberán pagar 17.200 contribuyentes, con el objetivo de recaudar 1.24 billones de pesos.

Apuntando

Roberto: -”Mira yo llevo tres años aquí, me he gastado casi 10 mil euros renovando el NIE como estudiante. He trabajado repartiendo flyers, administrando un locutorio, editando videos, preparando  hamburguesas. He encontrado 5 o 6 trabajos en mi profesión pero nadie me quiere hacer el famoso contrato.”-

Isabela: -“Yo me casé con un español, fue un infierno, pero ya estoy saliendo de eso.”-

Pedro: Yo me devuelvo, no aguanto mas. Lo he dicho varias veces pero ahora es en serio, llevo 5 años sin lograr los papeles de trabajo. No puedo seguir matriculándome en cursos que no sirven para nada.

Natasha: A mi me encnata Barcelona, así me quede ilegal, no me devuelvo. Nadie entiende lo que es vivir en mi país. - Martì, y tu de donde eres, qué haces aquí?


Martì miraba lejos. El horizonte no se notaba, la noche se tragaba el mar frente a él. Llegó a esa reunión por casualidad, gracias al amigo de una amiga de su primo. Acababa de llegar de Andalucía. Su trabajo allá se concentraba en la frontera: pateras y narcóticos, al emnos eso decían sus superiores. En Barcelona no tenía mas que a su primo. Martì no quería responder la verdad, no quería explicar que su trabajo consistía en detener posibles inmigrantes en la calle, pedirles papeles y si no los tenían, llevarlos a los centros de reclusión de indocumentados para tramitar su deportación. -“Soy camarero”- afirmó.


Verónica: Yo también soy camarera, me gano 1000 euros hace 4 años y medio. Como trabajo en negro, me tengo que dar por bien servida, logro enviar 500 euros a mi madre en mi país, que esta realmente muy mal, intentando sacar adelante a mi hermanito.


Martì se enamoró de Verónica esa misma noche. No fue pesar, ni lástima. No lo hizo para remediar su culpa ni vio en ella sexo fácil. Verónica tenía unas piernas hermosas y bailaba samba como las diosas. A Martì nunca le enseñaron a mover sus caderas, la música del Caribe jamás la escuchó, confundía Puerto Rico con Costa Rica mientras cantaba canciones de Metálica sin saber hablar inglés. Aprendió a disparar desde hacía cinco años y esa noche lo intentó de muchas formas, pero a Verónica nunca pudo darle, en el corazón.

La revancha del loco

Mientras almorzaba entró el primero, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto y el sexto. En los 40 minutos que tardé comiendo frente al televisor, el equipo alevín del Fútbol Club Barcelona -niños entre los 12 y 14 años- destrozaron las redes y la moral, del Real Valladolid. Al final del encuentro, mientras el arquero del Valladolid lucía irreparablemente consternado, la estrella del Barça, un niño camerunés con piernas de pantera, pulmodes de acero y 1,75 de alto daba unas declaraciones tan sensatas como convencionales en un castellano perfectamente pronunciado. Miré los espaguetis que me comía con la convicción de que en el 2019 este niño tendría 10 veces el dinero que hoy hay en mi cuenta además de mucha disciplina y pocas travesuras. Seguramente muchos logros, pocas derrotas, ninguna cana y una historia que contar: como siempre, la historia que se impone, la de los ganadores.


José René Higuita Zapata, alias el El Loco nació en Medellín el 28 de Agosto de 1966 y cuando pudo convertirse en un gran sicario, decidió intentar ser el mejor portero del mundo. Llegó al noveno puesto, marcó mas de 40 goles y le dio al fútbol colombiano la primera Copa Libertadores de América. Sus piruetas en las canchas del mundo, por fuera del area delimitada, no figuran en las estadísticas de la FIFA, pero si en la memoria de los niños de mi generación. Quienes jugábamos sin árbitros ni táctica, parando el partido cada vez que un carro pasaba por el medio de la cancha, delimitada por cuatro piedras que formaban dos arcos en la mitad de la calle.


En 1991 El Loco viajó a España para jugar con el Valladolid pero no tuvo suerte y abandonó el equipo a mitad de temporada. Como broma del día de los inocentes, en diciembre de 2008 se publicó en un diario vallisoletano que Higuita se desempeñaría como entrenador de arqueros en ese club. Media ciudad tembló, la otra media se burló, yo estoy convencido que si hubiese sido cierto, la cara de este arquerito del Valladolid que hoy la tele trasmite con tanto morbo, no tendría el mismo aspecto. No me extraña que su equipo hubiese recibido la misma cantidad de goles, -al fin y al cabo se enfrentaban a chicos mucho mas fuertes- pero estoy convencido que él se habría levantado sonriente y confiado, se habría quitado los guantes como tantas veces se los quitó Higuita, para volvérselos a poner sin pensar en el dinero, retando a todos, pidiendo revancha para hacer del deporte un juego y del juego, su pasión.



No es cribo

Las excusas pueden ser infintas, la vergüenza es una sola. El compromiso conmigo mismo, la culpa solo mía. Tiendo a justificarme, como todos, tiendo a ignorar que me afecta, pero siempre logro perdonarme. Escribir fue (¿es?) una necesidad vital, por momentos el mejor aliado para el despecho, la desidia, el aburrimiento. Muchas veces escribir ha sido un antítido, una válbula de escape, una posibilidad, otras veces simplemente, el plan mas barato de la noche. En contadas ocasiones, escribir ha sido motivo de orgullo y reconocimiento. Las palabras de aliento y los comentarios favorables de amigos y familiares nunca son suficientes, aunque el maldito ego, siempre los agradece. Sentirme contento con lo que escribo es un problema complicado de solucionar. No se si queiro ser escritor, no logro ser una prendiz decidido, convencio. No leo lo suficiente (¿será que alguien lo hará?) en cualquier caso, leo muy poco a los grandes maestros. Tampoco tengo demasiado claro quiénes son y quiénes pueden llegar a serlo. Mis viajes en metro los acompañan libros de bolsillo -los mas baratos del FNAC- casi siempre de un escritor latinoamericano que no ha logrado ser maestro de nadie. A veces y lo que es peor, demasiadas veces, se me resbalan errores ortográficos y como si fuera poco, mi entendimiento sobre lenguas diferentes a la materna es lamentable. ¿Que para qué escribo? Me gustaba decir que para masacrar fantasmas y homenajear procesos, pero sospecho mentiras otra vez en mi enunciado y en todo este texto. Tal vez escribo para mentir sin cuestionármelo. Tal vez escribo, simplemente para huir, sobre todo, de mi, en esos momentos, durante este pequeño instante, que se acaba de esfumar.

Venecia, Roma y la madre naturaleza

El martes 31 de Marzo amaneció lloviendo en Barcelona. Al medio día la lluvia era intensa, igual que en la tarde y durante toda la noche, mi mal genio subía mientras las gotas caían y la previsión del tiempo era contundente: “aguacero los próximos días en gran parte de Europa”


El miércoles 1 de Abril también amaneció lloviendo en Barcelona. Pero la Esperanza me regaló una sonrisa y con ella subí al bus que nos llevaría al la terminal C del Aeropuerto del Prat.


Una vez pasado el incómodo momento de explicar que somos colombianos pero estudiantes legales en territorio español y de comer un desayuno bastante catalán, es decir: feo y caro, subimos al avión. Ya en el aire había que decir cualquier cosa: -”Las aerolíneas y los hoteles deberían cobrar la mitad de sus tarifas los días de lluvia”- fue lo primero que se me ocurrió. Al pensar en Venecia, me imaginaba el Barrio Abajo de Barranquilla, no tanto por las casas de colores y las sonrisas de los vecinos, sino por los arroyos tan hijueputas que se forman cada vez que llueve en mi ciudad natal. Derepente, sin explicación, sin permiso y sin ninguna vergüenza, un resplandeciente sol gigante inundó de luz y calor la aeronave como escupiendo la verdad: -”aquí mando yo, a la mierda los pronósticos, la naturaleza decide: este es el juego”

 

La perfecta sonrisa de Esperanza rebotó la luz e iluminó el horizonte hasta que abajo nos encontramos con un hermoso y sorprendente archipiélago en el que resaltaban cúpulas,  canales, crucifijos y barcos de todos los tamaños.


Venecia empieza curiosamente, en la Plaza de Roma, hasta ahí nos llevó el autobus y fue ahí donde compramos los tiquetes para el Vaporetto, algo así, como el metro de Venecia. Una pequeña embarcación donde caben unas 50 personas y que se detiene cada 2 minutos en estaciones sobre la orilla del canal mas importante, el cual atravieza toda la isla. Desde ahí esta ciudad es a lo menos, surreal por tanto no pretendo describir lo que las imágenes explican tan claramente.


Lo primero que hicimos una vez en las calles de Venecia fueron dos cosas: primero maravillarnos y luego perdernos. ¿y a quién le importa perderse en Venecia con la mujer que ama? 

-”Mira la dirección... -dirección, cuál dirección... la de la calle... callé? cuál calle?”- 


En venecia cada tres casas hay una calle, un canal y un puente tan grande como el Puente de Boyacá. Venecia es un laberinto delicioso, un cuento de hadas que en verano huele a mierda y que en invierno no se puede transitar. Un lugar que se hunde en centímetro cada año pero se niega a desaparecer. Una ciudad que se puede caminar en un día y recordar por siempre. Un espacio maravilloso que te regala un día perfecto, solo cuando lo deseas con el alma.


Con la maleta al hombro y sin encontrar el hotel, entramos al primer sitio que nos cruzamos para preguntar por la llegada a nuestro destino. Ahí, un tipo con cara de cachaco nos indicó el camino y nos dijo que la isla era muy pequeña, que solo vivía del turismo y que aunque toda su vida la había pasado en Bogotá, ya estaba mamado, del clima de Venecia.


Llegamos a una casa vieja de puerta pequeña que en efecto se parecía mas a una casa del Barrio Abajo que de la archifamosa ciudad italiana, pero cuando tocamos el timbre, llegó del hotel de enfrente un joven con una sonrisa ancha y un traje de botones. Revisó nuestros nombres y nos dio las llaves.


El sol había bajado su intensidad pero seguía habiendo un bonito día así que disfrutamos de las calles diminutas, de las fachadas de casas preciosamente inhabitadas. Ahí estaba la ciudad de las películas, la de los idilios, la del romanticismo, la de las plazas, las placitas, las iglesias y las góndolas. Ahí estaba toda la pasta italiana y a mi lado su piel canela, sus ojos miel. Ahí estaba mi cursilería y su melosería, ahí estaba Venecia idiotizándonos, hechizándonos, porque enamorarnos mas, ya le quedaba dificil. Ahí estaba una ciudad sin Central Park, sin Torre Eiffiel, sin rascacielos ni avenidas, una ciudad sin metro, sin discotecas y sin Broadway. Una ciudad para no quedarse a vivir, para no volver a visitar. Una ciudad fantástica para guardar por siempre, en la memoria del alma.   


Un atardecer en la Plaza Marco Polo no es gratis, un paseo en góndola no vale 60 euros, una foto y su mano en el puerto no se pueden comprar ni vender, no son canjeables, no hay forma de valorarlos en terminos materiales. Tampoco existen en una dimensión espacial o temporal, solo existen en Venecia, en la ciudad del hasta siempre.  


El vuelo a Roma era a las 8:00am y para llegar a tiempo al aeropuerto había que estar tres horas antes en la Plaza a la que llegamos. Para estar a las 5:00am ahí, había que salir a tomar el Vaporeto a las 4:00am, pero resulta, pasa y acontece que a esa hora no había Vaporeto, osea que tocaba a las 3:45am, caminar por las oscuras, solitarias y desconocidas calles de Venecia para poder llegar con la ayuda de un mapa, mucha intuición y todos los santos posibles al lugar indicado. A las 3:00am nos despertamos muy juiciosos y comprometidos con el itinerario. Entonces, en ese preciso momento, la naturaleza hizo acto de presencia con un refrescante aguacero que para mi parecía una terrible lluvia ácida. 

Así, despues de dudas, rabias y esa frustación que surje mientras te llenas de trapos y te cubres hasta el culo, sabiendo que igual te vas a mojar, salimos del Hotel con el mapa en la mano y la Esperanza intacta.


Tal como estaba presupuestado, a las 9:00am llegamos a Roma y Sabrina pasó por nosotros para decirnos que en su casa no tendríamos que preocuparnos por nada. Pasear por Roma resultó un poco mas fácil pues ya la conocía, aunque esta vez pasear por Roma era disfrutar de sus letras, sus encantos, de su A-M-O-R. Los días de Roma estuvieron llenos de aire fresco, de tranquilidad y caricias. De paseos sin el sol sofocante de la primera vez, sin la cerveza repetitiva y sin la emoción de lo desconocido. La Roma de esta vez era mas terrenal, mas rápida pero mas real. Una ciudad de semáforos dañados, de conflictos sociales, de difcicultades y trancones. En las noches fuimos un bar y a un concierto con Sabrina y sus amigas. Ahí estaba la Roma cotidiana, la que odia al Papa, ama el Reggae y disfruta el Swing, la Roma bisexual, la Roma intercultural, la Roma pija y la Roma pobre. La Roma monótona, la Roma de noches solitarias, decadentes y poco iluminadas. La  Roma que odia a Berlusconi y la Roma inmigrante, rasta, rebelde, hipócrita y temerosa.


De Roma nos despedimos otra vez, antes del amanecer para regresar a Venecia, a nuestra Venecia, la de la Esperanza, la de la ilusión, la mentirosa, la juguetona, la hermosa, la costosa, la inolvidable. Así, entre el sueño acumulado y los trayectos en barco, coche, avión y tren todo se hizo mas rápido, mas mágico y justo cuando nos veníamos, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia, como si el planeta nos hablara al oído: -“esta vez quise colaborarles, quise ayudarlos, pero en una próxima... nos vemos”-


Esa noche dormí en mi casa, en mi Barcelona, esta ciudad que es cada vez más mía, extrañamente mía, apasionadamente mía. Esa noche dormí como un bebé mientras Roma y toda Italia era sacudida por un terremoto. El planeta tenía razón: -”aquí manda él, a la mierda los pronósticos, la naturaleza decide: este es el juego.”- 


Cuando escribo este post, una semana despues, la tierra no ha dejado de moverse y 290 personas han perdido la vida muy cerca del lugar donde yo pasé, inolvidables días.

Feeling

Existe una vaina difícil de explicar, un sentimiento, un recuerdo, una añoranza compuesta por una sonrisa y un pesar, por una alegría y un dolor. Existe un vacile efectivo, que parece platanero, pero que una vez mas comprobé, que es planetario! 

¿Qué es lo que tiene? el Carnaval de Curramba

Esta vez hacía frío y no había Maicena, el televisor no mostraba Telecaribe y la radio ni siquiera estaba prendida. De las casas vecinas tampoco brotaba ninguna escandalosa canción y Odila no estaba sirviendo el sancocho, sin embargo, este sábado de Carnaval, como tantos otros, como todos los demás, mi cuerpo escondía los restos de la marimonda de la noche anterior para dar espacio a una nueva batalla de sonrisas, de nostalgias, de alegrías, de rabias, de rumba, de ron, de fiesta, de flores y de amor. 


Este sábado no caminé por las calles arenosas de siempre ni tomé un zapatico amarillo de esos que llaman taxis. De blanco impecable y mochila al hombro, me subí al metro en Sants Estació para hacer transbordo en La Sagrada Familia y tomar la línea lila hasta La Pau, todo bajo la mirada implacable de ciudadanos del mundo que se preguntaban por el material del zombrero que me cubría la cabeza. Caminé un par de calles y sentí una vez más ese aire frío y seco que me recuerda que sigo habitando una urbe confortable que no me pertenece, cuando depronto, como espejismos, un par de garabatos se atravesaron, indicándome el camino al inicio del desfile.


Un corresponsal del Telecaribe nos esperaba. Resulta que aquel canal que se sintonizaba en el 7 y que tantos menospreciaban por su supuesta falta de calidad, ahora era la ventana a la que todos querían asomarse. Como si por medio de ese artefacto de un solo ojo pudieran ver algo de lo que pasaba al otro lado del océano. Allí estaban todos, a 7 grados de temperatura, sonriendo inocentes, extasiados, embobados, sumergidos en el más profundo derroche de nostalgia e impotencia, recubiertos de una alegría inexplicable. Ahí estaba yo, mirándolos con cierta prudencia, intentando reflexionar sobre lo ireflexionable para luego dejarme caer sin titubear, al abismo del vacile planetario.


Cuando todo el grupo formó en medio de la Rambla Guipuscoa, entendí que no estaba junto a unos cuantos locos, reconocí que los apasionados por esta vaina somos muchos y que los adjetivos se repiten, las razones sobran y las excusas no valen frente a la sonrisa de tanto currambero suelto por el mundo. Es entonces cuando la cumbia, el fandango y el mapalé hace de las suyas dejando a las explicaciones sociológicas y las teorías culturalistas, carentes de todo sentido para poner a catalanes, suizos, franceses, ecuatorianos y cachacos a mover el esqueleto. 

Segundos después, el desfile arranca precedido por la Reina mas hermosa de todos los tiempos, con el objetivo de que los de aquí, se detengan a admirar a los de allá, para preguntarse en silencio donde habría estado el error, para merecer tan triste suerte!


Unos 45 minutos después de iniciado el recorrido, llegamos al punto donde el jurado del desfile tendría que mirarnos con calma, para elegir entre nosotros y los muchísimos otros grupos folclóricos participantes de la Rua del Carnaval a los ganadores de los 3 mil euros que da el certamen.


Seguramente, ningún miembro de aquel jurado entendería horas mas tarde en la fiesta organizada en la discoteca, la desbordante alegría que emanaba de aquellos concursantes que sin saber si perdieron o ganaron, se habían multiplicado como conejos, para saltar cantando: “Oh le le! Oh la la, Junior tu papá, los demás valen mondá!”

Échale semilla a la maraca pa que suene, Cheo Feliciano en Barcelona

La idea era entrevistarlo el sábado, pero acababa de llegar cansado y un poco resfriado de París. La opción entonces era conversar el domingo, horas antes del concierto, pero a última hora, los organizadores explicaron que necesitaba descansar, pues su garganta se había resentido con el frío de la capital francesa.


Queríamos preguntarle que percepción tenía de los nuevos grupos y si creía que sería posible volver a ver una generación como la suya,  donde junto a Héctor, Celia, Tito, Ismael, Santana, Rubén y los demás, se popularizó esta música que desde entonces llaman Salsa y que medio siglo después, mueve cuerpos en los cinco continentes.


Queríamos preguntarle sobre su paso por las drogas con la exclusiva intención de que pudiera darle un consejo a la juventud hispanoparlante, queríamos que nos comentara su visión sobre la inmigración latina en Europa y ver de qué manera sería comparable con la que él mismo vivió en los 50's de Nueva York. Queríamos preguntarle por la esquina, la calle, la cuadra y en general, de lo urbano como motivo de inspiración, en una sociedad que hoy se encuentra más en los chats y los mails, que en la plaza del barrio. Queríamos preguntarle finalmente, en esa entrevista no consumada, por aquella frase que tantos hemos coreado y por aquel instrumento creado por los indios Taínos de su natal Puerto Rico, y que ha logrado con su ritmo, darle identidad a la música latina.


El domingo a las 10pm el Casino la Aliança de Poble Nou le dio la bienvenida, y el maestro Cheo Feliciano entró como un huracán respondiendo a esas y otras cuestiones.


Explicó con su talento y con su voz, que aquellas glorias del son, la guaracha y el guaguancó serán únicos y vivirán por siempre no solo en el recuerdo de las generaciones actuales, sino también en los experimentos y libros de texto, de las venideras. Con repetidas referencias al compositor Catalino Curet Alonso, a Tito Rodriguez, al Sexteto de Joe Cuba y a sus viejos amigos de La Fania, Cheo dio a entender que el éxito tiene mucho que ver con el reconocimiento del talento de los demás y para los presentes, algunos de ellos, músicos jóvenes de lo que llaman la nueva salsa brava, seguramente quedó claro a dónde hay que apuntar. 


Para este instante, ya no era necesaria la entrevista planificada, verlo en el escenario bailar, cantar y sonreír a los 74 años esperamos sea razón suficiente para que los jóvenes conozcan su historia y aprendan de su valentía. Escuchar las letras de Anacaona, Amada mía, Así soy, Esto es el guaguancó, Juan Albañil, Mentira, Naborí, Salí porque salí, Si por mi llueve y todas las demás...  significó comprender que la inspiración no viene solo de las enredaderas del barrio o la internet, sino sobretodo, de las del corazón. 


Finalmente, a las 12 de la noche, cuando parecía que todo estaba dicho, Cheo confió el coro de su canción mas preciada al público para que todos comprendiéramos al son de la clave, que echarle semilla a la maraca es echarle ganas a la vida, es sembrar buena energía para enfrentarse a lo que viene, es ponerle sentimiento a los días para encontrarnos con ese bello sonido, que todos llevamos dentro.


¡chacu-cha cuchucu-cha cucha!


La nueva Colombia

El man tenía unos pantalones ajustados color púrpura, una camisa blanca, una bufanda verde, el pelo parado como un gallo y varios aretes en el rostro. Era 25 de diciembre a las 4 de la mañana y del fondo de la habitación la potente voz de Joe Arroyo se reventaba contra las paredes. Diego salió a recibirnos y me dijo: -"Cohen te presento a este man, es un bacán, un alemán de mamá cartagenera. Este man es La nueva Colombia"-

Su sonrisa era amplia y franca. Su acento y su swing tenían poco de alemán, poquísimo de cartagenero, pero mucho de bacán, lo que aún no tengo muy claro es qué es La nueva Colombia y si hay una generación con la obligación o la necesidad de serlo?

En cualquier caso, no se porque sospecho que estos personajes y sus sonidos, si tienen algo que ver, con ese sentimiento. 

Desde el Caribe:


Desde los Andes:


Desde el pacífico:


Aquí suena!

Todos aquellos que me conocen, saben o sospechan que parte de lo que siempre me ha interesado es generar mis propios proyectos. Proyectos que utilicen como insumo mi pasión y mi necesidad, mi amuleto, mi forma de ver el mundo, proyectos basados en la comunicación. 
Hace poco leí una frase de una profesional admirable que me gustó y me impulsó a concretar la idea: "Un día decidí no tener jefes, pero tampoco ser jefe de nadie... y aquí estoy." 
Ya se que puede sonar demasiado romántico para los tiempos que corren, pero lo cierto es que yo no me imagino un mundo sin sistemas optimistas que aparecen como irrealizables en el momento de su formulación, es decir, sin utopías. Así nació elparlante!, con ganas, sin miedos y ya empezó a sonar...

De matasuegras y triquitraques.

Sonaban totes, matasuegras y triquitraques en la calle, habían también castillos de luces multicolores y las inofensivas chispitas mariposa por todos lados. 


Mi mamá le apagaba el televisor y el aire acondicionado a mi papá que permanecía inmóvil con la curva de la felicidad al descubierto. 


Isabel, una mujer a quien le hice la vida imposible pero de quien no recuerdo el rostro, colocaba las galletas de manera elegante para que las empleadas y patronas de los otros apartamentos no nos dijeran líchigos. 


Una vez en la recepción del edificio, los vecinos mostraban su más dulce e hipócrita sonrisa para rezar unas poesías que no se sabían y hartase de dulces hasta rozar la hiperglucemia. Los niños y niñas hacíamos lo que los adultos nos pidieran durante esos eternos minutos para luego poder estar fuera de casa hasta tarde, pecando con la mano peluda, la botella o el escondite americano.


Después de 9 días oliendo pólvora, rezando, comiendo, jugando y jodiendo, llegaba la esperada noche de navidad. 


El árbol de la casa de mi abuela era un sintético pino verde  bañado de bolitas de poliestireno expandido, mejor conocido en aquel lugar del mundo como Icopor, por las siglas de la Industria Colombiana de Porosos. Aquellas diminutas pepas que nos llevábamos a la boca y luego escupíamos sin ningún sentido, intentaban simular una nieve que por más loco que se vuelva el clima, jamás tocará el suelo del Caribe colombiano. Ahí, sobre las raíces plásticas de aquel electrificado árbol, yacían cajas y sobres de todos los tamaños, forrados en papeles coloridos y con diminutas tarjetas marcadas con el corazón: De Marinés para Mamaciá, De tío Yoyo para Julito, decían alguna de ellas. 


La música de la fiesta fluctuaba entre dos generaciones. Por un lado Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Celia Cruz y cuando se ponían pesados hasta Los Panchos, mientras por otro lado estaba el combo de La Lambada, el Joe Arroyo, los Hermanos Rosario y el General. No obstante, justo antes de las 12 de la noche, aquel moderno equipo de sonido con tocadiscos de aguja y doble casetera, se apagaría para que al son de los villancicos, entrara triunfante Mamánuela. Tita Mery, mi abuela, -la misma que hoy me manda mensajes por Facebook- llegaba con su gorro rojo, su larga barba blanca y una almohada doblada bajo la chaqueta. Entonces, haciendo un esfuerzo se sentaba al pie del árbol, le daba gracias a Dios, se zampaba un trago de aguardiente y nos lanzaba regalos, entre gritos y aplausos...


Hoy, tantos años después, no hay pólvora ni Lambada, ni niño Dios ni novena, ni vacaciones ni pesebre, sin embargo prometo que no faltarán ni el Joe ni los agradecimientos y que me zamparé un trago o tal vez dos, por los que están y los que no, por la familia con la que nací y por la que yo mismo he ido formando, por aquellos sueños de niño y tantos recuerdos, de amor infinto.


A ustedes y a vosotros, a los de hoy y a los de siempre, feliz, feliz, feliz Navidad!

El Justiciero



Jorge le ha dedicado días, meses, años a su sueño y ha logrado mantenerse en pie, lográndolo y reinventándolo en cada momento. Yo dediqué varias horas con mi amigo Ray a hacer este video de un minuto. Nunca he ganado ningún concurso, pero pensé que este valía la pena intentarlo. Si te gustó el video y tu también quieres donar un minuto de tu tiempo a la causa, entra aquí, busca el video de Jorge y regálale un voto a este héroe. Para mas info sobre esta historia, aquí.

Buritaca 200, una familia musical en construcción.


-"Comentar recitales de música es difícil como ejercicio de redacción porque se suelen reiterar los adjetivos"- Me dijo un investigador, columnista, músico y productor de televisión con mucha experiencia en la materia.

Buritaca 200 es una banda musical, alimentada por el vídeo, el teatro y la danza. Es el deseo colectivo de mantener viva una costumbre, un origen, una expresión y un sentimiento hacia una música que ha existido durante siglos en Colombia. Comenzó, entonces, como una agrupación-taller dedicada a estudiar la tradición oral y musical del Caribe colombiano, una manera de ser que encuentra una respuesta siempre alegre, fiestera y esperanzadora a sus realidades, a sus problemáticas y a sus vidas.

Los integrantes de Buritaca 200 son en su mayoría, colombianos residentes en Barcelona. Mujeres y hombres provenientes de disciplinas tan distintas como el rock, el rap y el jazz pero que han iniciado por medio del tambor, un viaje hacia el folklore afro-colombiano. Un viaje en el que no solo han aprendido sobre música sino sobre ellos mismos, sobre lo que son.

-"Colombia es una dicotomía"- asegura Paola, -cantante de la banda- y hablando con los demás integrantes, entiendes que esta gente no niega la difícil realidad de su pueblo y que sus canciones están llenas de crítica y sensibilidad, pero que por encima de eso, Buritaca es una propuesta alegre, más que un intento por reivindicar los sonidos de sus ancestros, es un empeño por descubrir en ellos, una manera propia de expresar sus vidas hoy. Así, sin banderas ni escudos, sus canciones reflejan las preocupaciones por la situación económica y ecológica mundial, pero también sus paseos por el Raval, sus vidas como inmigrantes, sus recuerdos, sus anhelos y sus nuevas percepciones sobre sus propias identidades.

Buritaca me permitió entrar a su espacio, un ensayadero donde se montan las piezas musicales. La primera sensación al estar ahí ha sido la de visitar una escuela, un taller donde se aprende, donde se construye, pero sobre todo donde se comparte. -"Bienvenido, esta es tu casa"- me dijo Jose. 

"¿Cómo no sentirme en casa?" -me pregunté yo, si al entrar me encuentro con una gaita y un tambor, unas maracas, muchas sonrisas, un derroche de energía positiva y una botella de ron en una esquina. Escucharlos ensayar fue reconocer el vacile efectivo con el que yo también crecí, se trata de música popular y moderna, de historias campesinas tradicionales, pero también de sueños, de amor, de la rabia, las frustraciones y la velocidad cotidiana de Barcelona. Compartir unas horas con ellos fue entender que Buritaca es cumbia, fandango, bullerengue, mapalé, porro y champeta, pero también es hip hop, rap, reggae, salsa y rock and roll, una de esas fusiones que no deberían clasificarse ni siquiera como fusión. Una evidencia de que Totó la Momposina, Petrona Martínez, Lucho Bermúdez y el Joe Arroyo, tienen mucho que ver con Calle 13, Rubén Blades, Café Tacuba y Santana.

De repente alguien se equivoca, todos se dan cuenta pero nadie se molesta, la comunicación se corta por un instante. Hay un concierto al día siguiente y quieren que todo esté perfecto, se ponen un tanto nerviosos y se toman un trago de ron, me ofrecen uno a mi y no me queda otra, tengo que ser solidario con la causa.

El bar se ha quedado pequeño, muy pequeño, la convocatoria ha sido todo un éxito. Imágenes del caribe colombiano se mezclan con las del resto del mundo. Las luces empiezan a bailar dándole la bienvenida a la banda y los cueros del tambor llaman a la seducción entre los presentes. Las caderas de las mujeres europeas no se resisten al poder sublime de la gaita y yo siento en la voz de esta banda, la de mi familia, la de la tierra, la de la casa.

-"Cuando vine de mi tierra ninguna gracia tenía... me vine a ver si cambiaba tristeza por alegría. Dejame ver, detrás de la puerta, dejame ver, qué hay al otro lao?"- dice la primera canción.

-"Comentar recitales de música es difícil como ejercicio de redacción porque se suelen reiterar los adjetivos"- recuerdo aquella frase pero no me importa pecar, -"No pienses, ven a bailá, Si sientes vamo a gozá"- me dijo Buritaca y yo obedecí. 

Y es que es difícil, muy difícil, escribir correctamente cuando las piernas se mueven solas y el corazón palpita con tanta fuerza, cuando ves la tambora sudando y sientes el pregón rodar por tus venas. Es que es difícil, muy difícil ser objetivos cuando la piel se eriza, el alma  se alborota y se te olvida hasta la crisis económica. 

Ahí ya no puedes pensar en los adjetivos calificativos, los explicativos o los determinantes, solo en la brisa de la playa, en la cara de la luna y en esa canción que ahora te dice: -"Derrámate en el alma de la gente a la que amas, Y en la memoria de mi pueblo que te canta, Eres magia, fuego universal... Deja que te arrastre broder, Que el amor es bailar..."-

http://www.myspace.com/buritaca

Siempre nos quedará París



Todo aquel que no ha estado en París, se la puede imaginar. Mil veces contada, fotografiada, dibujada. Imposible no tener una idea de la ciudad luz, aunque sea efímera, aunque sea fugaz, aunque sea mentira.

París ha sido millones de veces habitada, visitada, caminada, vivida y ahora era yo quien estaba ahí, bajándome en el Charles de Gaulle, un imponente lugar de paso con vuelos directos a todo el planeta. Ahí estaba yo, sujeto a un maletín con poca ropa, a una mochila Wayúu con dos cámaras, y a la mano de ella, mi Esperanza.

Bandas trasportadoras me llevaron al carril del RER –los ferrocarriles de la ciudad- y desde ahí, a pesar de la neblina, imaginé miles de historias a través de la ventana antes de llegar a mi destino.

Una vez fuera de la estación Mercadet-Poissoinièrs sentí el frío penetrante en los huesos y una lluvia pendeja que junto al tráfico cotidiano me hizo sentir en Bogotá. Sin embargo había algo distinto entre la capital colombiana y París: esta ciudad estaba llena negros. No se trataba de mestizos, ni de mulatos, si no de verdaderos negros y negras de sangre africana. Eran abuelos, mujeres, hombres y niños de labios gruesos, músculos firmes y pelo apretado hablando francés, entonces mi mente se deslizó atravesando cordilleras para situarse en el pacífico colombiano y reconfirmar lleno tristeza que después de tanto sufrimiento, al menos estos parecen haber conseguido nuevas opciones.

Luego de atravesar varias calles enchumbadas por la incesante lluvia encontramos el hostal que había reservado semanas antes. Cuando la puerta de colores vivos se abrió, la recepcionista nos sonrió y mi novia, con su elegante pero poco practicado francés se dispuso a pedir la habitación. Luego de intercambiar palabras que no entendí me insinuó que nos dispusiéramos a pagar y yo con mi poco elegante pero muy practicado español, respondí: -“Nojoda! Que paguemos todas las noches sin ver la habitación? ¿Y si es una mierda y nos toca comérnosla con palitos?”-
-“Pues nos la comemos”- respondió, -“o tu vas a salir ahora a buscar hostal con esta lluvia?”- Miré por la ventana, eran las 3 de la tarde y no había sol, -“bienvenido a París”- pensé sin decir nada. De pronto, la chica recepcionista desenvolvió nuevamente su sonrisa y dijo en un castellano con claro acento catalán: -“no hay problema chicos, podéis irme pagando cada noche…”-


-“Sagrado Corazón de Jesús…”- decía el Hermano Ángel cada mañana en el patio del colegio. No era hermano de nadie y mucho menos un ángel pero todos nosotros, mas de mil jóvenes uniformados contestábamos al unísono y con el puño derecho en el pecho: -“en-voz-con-fío”- como si nos preparáramos para una nueva guerra santa.

Ahora eran esas imágenes las que desfilaban por mi mente mientras me abrigaba la cúpula de la Basílica del Sacré-Cœur, construida entre 1875 y 1914. –“esto es un museo, pero temático”- afirmo Jess. –“Es arte y es roca, Dios tiene que ser otra cosa”- afirme yo y salimos a ver París desde lo alto de la colina Montmartre, donde está ubicado el templo.

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Perderse en París puede no ser tan divertido como en otras ciudades europeas. Puede llevarte a sitios aburridos, hostiles y peligrosos. Metros viejos y repletos de gente que no habla, restaurantes con sillas pequeñas y previsiblemente incómodas donde el café más pequeño vale 11.700 pesos colombianos. Rincones oscuros con caras tristes y ratas gordas que se enfrentaban con la ciudad idílica preconcebida. ¿Qué si me sentí bien el primer día en París? –Claro! no solo destruí algunos paradigmas, además conocí la archifamosa Torre Eiffel.


Desde lejos y entre las brumas se asomó como un espejismo, como mentira. No es fácil de describir aquella belleza rústica: a veces tan pesada y a veces tan ligera. Frente a ella, entiendes por qué los artistas de la época la calificaban como un monstruo de hierro y le crees a Wikipedia cuando te dice que en 2007 fue el monumento del mundo más concurrido, con 6.893.000 visitas. Ya bajo su falda, me preguntaba cómo narrarla de manera distinta o al menos propia, cómo fotografiarla, como registrarla a mi modo, aunque ya se hubiese abordado cientos de millones de veces. ¿Cómo dejar constancia de que ahí estuve? como si eso a alguien, realmente le importara.
Justo en ese momento y en ese lugar donde tantos se han jurado amor eterno, Jess me mandó, -como dirían en España- ¡a tomar por culo! Pues justo cuando se iluminó completamente –efecto que dura cinco minutos cada hora- me concentré más en la torre y mis imágenes que en ella y su mirada…

Esperamos entonces, una hora para volver a ver las luces disfrutando, como normalmente lo hacen ahí los humanos… solamente del amor.

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Amaneció sábado.
Todos pensarán que está prohibido perder tiempo si solo tienes cuatro días en París. Yo pienso que dormir abrazado a la mujer que amas en París, nunca es perder el tiempo.

Comimos el romántico plato de espaguetis congelados gracias al microondas del hostal, con el ineludible objetivo de cuidar las finanzas, luego sí, salimos a recorrer la ciudad.

El pulpo de mil tentáculos que recorre el subsuelo nos dejó en la pequeña isla de la Cité, que está rodeada por las aguas del río Sena. Una vez en aquel hermoso lugar, caminamos por la rivera y disfrutamos de la plaza con palomas frente a Notre Dame que me recordó a su tocaya cachaca, Nuestra Señora de Lourdes.


Entonces, ahora sí, la París que vivía compaginaba más que nunca con la París soñada y Esperanza y yo nos perdimos entre calles repletas de galerías de arte y niños jugando fútbol para camuflarnos entre nuestros propios besos, sonrisas y esa placentera sensación de que todo es posible. Luego caminamos hasta los jardines de Luxemburgo pero ya habían cerrado, así que más tarde, nos encontrábamos frente a la imponente alcaldía y entramos al Palais Royal, un lugar de un silencio y una belleza sobrecogedora. Decidí no pensar en cómo fue construido y cuánta ambición se necesitó para hacerlo. Quise olvidarme de cuanto poder y cuanto sacrificio intentaban ocultar aquellas piedras perfectamente pulidas e iluminadas y me consagré al momento, a la compañía, a la vida. Lo diré rápido, pero lo disfruté al máximo, volando en nubes imaginarias, flotando en la dicha del momento atravesé el Musée du Louvre, -por la superficie, por supuesto- el museo más visitado del mundo que contiene alrededor de 300.000 piezas, de las que solo 35.000 están expuestas. Así, después de caminar los Jardins des Tuileries recorrimos, durante una hora, la Avenue des Champs-Élysées para confirmar lo que ya había advertido Jess: que no tiene nada que envidiarle al Passeig de Gràcia de Barcelona. Al final, frente al Arc de Triomphe, nos comimos un extraño crêpe de chocolate con banano y coco –cualquier parecido con la búsqueda de los sabores del trópico, es pura coincidencia-.


Como si el día fuese infinito, terminamos en un bonito bar con pantalla gigante que proyectaba clásicos del cine francés, junto a una catalana y tres cachacos hablando de todo un poco y tomando cerveza.
Que se me cayera el barril de birra encima no solo motivó los aplausos de todos los presentes sino que evidenció el cansancio. A las 3 de la mañana, Zoraya, la prima de Jess y quien nos había llevado al bar, nos acompañó a tomar el bus que nos regresó Le montclair montmarte hostel donde el nuevo recepcionista tenía una pulsera sospechosa en la muñeca izquierda, y un acento paisa en el francés que lo delataba.
-París no es de nadie”- pensé mientras subía las escaleras de madera hasta la habitación 509.

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El domingo, cuando mejoró el clima definitivamente y cuando concluí que la capital francesa es un lugar para visitar mil veces pero en el que no quisiera vivir, entramos al Pompidou. Más que museo, se trata de un centro de la cultura contemporánea, una obra de arte en sí misma, una trasgresión de hace más de 30 años a todo concepto previo de arquitectura, un sueño realizado por sus jóvenes creativos y un espectáculo lúdico por recorrer.


Tres horas más tarde, con muchas obras aún por ver y disfrutar, salimos para escuchar a tres italianos que en el medio de la plaza tocaban con una guitarra, un darbuka y un violín, canciones de distintos idiomas y ahí los dos, como hace un año cuando nos conocimos, unimos nuestras manos, nuestros cuerpos y bailamos, juntos, muy juntitos, una triste canción tradicional cubana, mientras París se dedicaba a contemplarnos.

Volver a la Torre Eiffiel era justo y necesario. Ya no era un encuentro cauteloso y prevenido, tímido o deslumbrante. El de ahora, era un encuentro frentero, decidido, con el cielo despejado para subir por medio de un beso al último piso, 330 metros más lejos del suelo y de la realidad. Ver la vida desde la cima de la Torre Eiffel, es ver la vida corriendo aún más rápido y el corazón latiendo más lento. Desde ahí, la felicidad vuelve a parecerse a esa mariposa tras la que corres todo el tiempo y que solo se posa sobre tu hombro por un instante, cuando te quedas quieto.


Desde la cima de esa torre podrías sentirte muy grande o muy chico, el Leonardo di Caprio del Titanic o el turista número 6.893.001. Yo no sentí ni lo uno ni lo otro, sentí que París no es ni la última ni la primera ciudad del planeta, ni el lugar más romántico, ni el más bello, ni el más triste ni el más feo, sentí que París no era ni blanco ni negro, sentí que tiene tantos colores como los de sus luces desde lo alto y tantas posibilidades de ser contada como tantas vivencias de sus habitantes. Que el romanticismo se resiste en los ojos de quien respetas, cuidas y toleras mientras que las fronteras del paraíso, son nuestra propia piel.

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Tal como acordamos el día anterior, esa noche la pasamos en el piso de Zoraya.
En Paris, se le llama piso a un cuarto de 10 metros cuadrados donde además de una cama, un escritorio y un closet, caben, inexplicablemente, un par de armarios empotrados que contienen en su interior una ducha, un lavamanos y una cocineta integral con estufa eléctrica, nevera y lavaplatos.

¿Qué si la gente de París no tiene necesidades fisiológicas? –Pues sí que las tiene, sales de la habitación y a 20 metros del lugar, luego de subir unas antiguas escaleras, entras a un pequeño depósito donde tendrás que mover las maletas o algún otro traste viejo, para sentarte en el inodoro.

¿Qué cuánto cuesta el alquiler de ese piso en París? –Pues 500 euros, más de tres salarios mínimos colombianos, cada mes.

El lunes el sol por fin salió con ganas, pero nuestro avión saldría al medio día.

Nada que hacer, últimamente los lunes son así, nuevamente se esmierdó la bolsa de Nueva York, la de Tokio y la de Londres, pero a nosotros siempre nos quedará París, un año de ganancias, en las acciones de este amor.